DIRECTORIO FRANCISCANO
Santa Clara de Asís

SANTA CLARA DE ASÍS
CLARA LUZ QUE NO CESA

por Félix del Buey, o.f.m.

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En palabras improvisadas a las clarisas del protomonasterio de Asís, el 12 de marzo de 1982, el papa Juan Pablo II releyó con ojos genialmente intuitivos los orígenes franciscanos. El binomio Francisco-Clara no se entiende -dijo- con criterios meramente humanos. Urge redescubrir las fuentes de luz de las biografías de este hombre y de esta mujer nuevos. Son dos clarísimos espejos cuya humanidad no se empaña o dos astros que parecen de leyenda. A la vez «cuerpos, personas, espíritus», nacieron en una ciudad en armas que ellos trocaron en ciudadela perenne de paz y bien: la bella Jerusalén de la Umbría, el Asís de los «menores» o de los santos.

INTRODUCCIÓN:

TRAS LA GUERRA DE LOS NOBLES
O DE LOS «CONDES»

El año 1200 estalló en Asís la llamada «guerra de los condes». Como consecuencia, la familia de los Offreduccio hubo de exiliarse a sus latifundios perusinos, cuando la hija mayor de la casa, Clara, acababa de cumplir siete primaveras. No podrán retornar al palacio solariego de la plaza de San Rufino hasta pasados ocho años. En el campo de Perusa, avistando la orgullosa cumbre del lejano macizo del Subasio, Clara dejará atrás su niñez y adolescencia; se hará quinceañera y será prometida a un caballero de la nobleza de Asís, según los usos sociales de la época.

En 1208, recuperada la mansión asisiense, madonna Hortulana da órdenes de echar a andar los telares domésticos y ruega a sus hilanderas y tejedores que se afanen en ultimar el ajuar de boda de su primogénita, cuya discreción y belleza están acaparando admiración en la ciudad. Se trataba -dice su Leyenda- de una familia de «muy ilustre linaje», perteneciente por ambas ramas a la nobleza caballeresca. El padre de Clara, Favarone, era un miles, es decir, un caballero de la clase urbana de los maiores. Estos modestos señores feudales vivían intramuros, pero poseían su poder en la campiña, con heredades y hombres suficientes para sostener casas señoriales y castilletes, y para acometer empresas militares. Quizá por ello, en la Leyenda de Clara, la figura del padre brilla por su ausencia del hogar, mientras la madre Hortulana adquiere gran relieve en la educación de sus hijas.

Muy otra fue la suerte de los menores o hijos de la burguesía, que habían empuñado las armas contra los nobles. Desde finales del siglo XII, y durante la primera mitad del XIII, Asís y una parte del ducado de Espoleto se ven implicados en las disputas entre papado e imperio. El nacimiento de los «municipios» conoció diversas fases: lucha mayores-menores, lucha señores-pueblo, rivalidad Asís-Perusa, Umbría fue terreno abonado de estas rivalidades.

Es el caso de la familia Bernardón de Asís, adinerado traficante del gremio de laneros, que surtía su tienda en las ferias transalpinas. Casado con la francesa Pica, el pañero tenía dos hijos. El mayor -Cesco para los amigos- era un mozo flacucho y jovial de 19 años, que dejó el mostrador y se enroló en el escuadrón de los populares antifeudales, contra los aristócratas y los perusinos.

Cesco montó en corcel y luchó denodadamente, pero cayó prisionero entre Perusa y Asís, en el puente de Collestrada. La dura mazmorra le hizo pensar en la condición humana de burgueses y señores, ambos venidos a menos de momento.

El tratado de paz de 1203 lo dejó en libertad y pudo regresar al hogar; pero volvía enfermo y en crisis religiosa, además de desilusionado. ¿A qué causa alistarse en adelante? ¿A qué señores servir?

Mientras las gentes más humildes fueron capaces de ir olvidando rencores de guerra, el hijo de Bernardón, que no era rencoroso, no pudo recobrar la labia del tendero que había sido, ni sentirse a gusto de cara a los clientes de su padre. Así y todo, no era un convaleciente depresivo; los cepos no le habían arrebatado la alegría. Ni el quebranto del cuerpo fue óbice tampoco para sus sueños, alimentados por el cariño materno. Además, al delirio y a las caricias se sumó la vanidad del progenitor, que carecía de títulos y andaba sobrado de dinero. Como fuera, el hijo tenía que ser un gran hombre. Y mientras esto llegaba, de fiesta en fiesta, Francisco se vio coronado «rey de la juventud».

Hasta que, un atardecer en que rondaba por las ermitas, la «voz» de una tabla bizantina, ante la que se postró, le hizo discernir qué ruinas hay que apuntalar con el hombro y a quién vale la pena servir. El Cristo de San Damián cambió la vida de Francisco. A resultas del dictado de aquel icono -o del cielo- mudó de casa y emuló a pobres y leprosos. Lo que va de 1205 a 1208 es un trienio -a solas con Dios- de búsqueda y maduración.

EL SERMÓN DE FRAY EJEMPLO

Muchos en Asís siguieron el curso de la enfermedad de Cesco y todos se enteraron de la ruptura de relaciones con su padre, cuya avaricia era notoria. Por eso, cuando el hijo de Bernardón inició su vida de ermitaño y albañil, no se vio solo mucho tiempo; Dios le trajo pronto, como regalo, hermanos, es decir, otros «penitentes» -la flor de la juventud de Asís- que se contagiaron de su mismo ideal. Por la calle pordioseaban pan y piedras para restaurar iglesias y predicaban de madrugada bajo el pórtico de San Jorge o en los portales de la catedral. Y para dar razón de su género de vida y de sus sermones a quien le pidiera una palabra de aclaración, el humilde Cesco -ahora fray Ejemplo- no olvidó la formalidad de contar con la benevolencia del obispo Guido II.

La hija de Favarone oyó una de estas pláticas ejemplares, a la entrada misma de San Rufino, un domingo de Cuaresma de 1210. De mañana temprano, en compañía de un hermano, Cesco había subido a la ciudad a predicar. Dieron vueltas con las manos en las mangas y ya se volvían sin haber abierto el pico. El compañero rompió entonces el silencio:

-- Padre, ¿no íbamos a la catedral a predicar?

-- Sí, hermano, ya hemos hecho el mejor sermón. No olvides que no hay predicador comparable a «fray ejemplo».

Ese año fue cuando messer Rufino de Scipione, primo de Clara, se embelesó con el grupito de conversos, pasó a engrosar su número y se ganó pronto fama de contemplativo. La noble patricia siguió escuchando al joven Bernardón, con más asiduidad, durante los dos años siguientes. La acompañaban casi siempre otros parientes, como Pacífica y Silvestre, que con este motivo frecuentaban la mansión de los Favarone. El tema de la conversación era siempre «los penitentes», comidilla de las charlas hogareñas, runrún de los corrillos, comentario de las sacristías e hilo de las habladurías de los mentideros del mercado. Nadie se desentendía ni miraba para otra parte porque aquello acabó por interesar a todos.

En la casa de Hortulana se hablaba siempre con discreción, entre otras razones porque media familia andaba tocada del ideal o de la «locura» de Cesco. Admiraban al rico burgués que había despreciado la bolsa de su padre, que mendigaba piedras para Dios, que entonaba tiernos cantares al agua y a la muerte, que ejercía de juglar a lo divino, que agradecía al cielo el don de la vida y la consagraba a dar besos a los leprosos y a repetir trisagios al Dios santo, fuerte e inmortal.

Aunque no faltaron quienes tomaban por locos al hijo de Bernardón y a sus seguidores, la mayoría de la gente de Asís los respetaba, pedían su consejo y les ofrecían limosnas. Era especialmente dadivosa madonna Hortulana. Y su hija Clara, sin que nadie lo sospechara, cavilaba día y noche cómo arreglárselas para tener un encuentro confidencial con el mismo fray Ejemplo, el Buenagente, el Pobrecillo o Cesco, como llamaban ya todos al hijo de Pedro y Pica.

HERMANO SOL Y HERMANA LUNA DE ASÍS

Por lo demás, Clara y Francisco no tenían en común antecedentes de sangre ni de otros vínculos. Los Bernardón eran comerciantes, los Offreduccio vivían de sus tierras. La guerra, además, los había distanciado a todos. Ni siquiera las madres Pica y Hortulana, que al parecer habían peregrinado juntas a Jerusalén en 1192, conservaban el lazo de amigas de Tierra Santa. Por otra parte, Cesco era entonces un muchacho de diez años y Clara no había nacido aún.

Por tanto, la afinidad futura de estos dos astros de Asís se basará solamente en la convergencia de rasgos interiores. A la fe limpia en Cristo Jesús -hecho uno de tantos por amor al hombre- estos claros hijos de Umbría unieron su natural compasión por los necesitados, su afición a la lectura del evangelio y de las gestas caballerescas, la opción por los que viven la pobreza y el ser maestros del arte de la cortesía. Clara se enamoró de su amigo penitente hasta seguir su camino y secundar su brillo. Ocho siglos más tarde, estos rostros sin par -«hermano Sol y hermana Luna»- proyectan su claror sobre el cielo de Asís. Son clara luz que no cesa, espejos que no se empañan, estrellas sin eclipse...

El hijo desheredado de Bernardón era el guía espiritual de la noble Clara y el apoyo de su debilidad mientras iba adquiriendo el temple para ser madre de muchas hijas. Sus ojos claros sólo vieron en el amigo penitente los trazos demacrados del Nazareno y la silueta de la cruz que tanto deseaba abrazar.

No sabemos pormenores de lo que antecedió a su decisión intrépida. Para que la carne no se interpusiera, todo quedó en el pecho de consejeros o de confidentes. Como en el caso de la ruptura de Cesco con su progenitor, la hija de Favarone no contó con su casa, pero sí con el señor Obispo, que era vecino y amigo de la familia.

El resto es todo cosa de Dios, que se sirvió de los penitentes de la Porciúncula para que Clara y la fiel Pacífica de Güelfuccio consumaran su consagración. Un angelical cómplice -o el propio esposo divino- forzó la puerta trasera de palacio o la del «muerto» y las vírgenes vigilantes se perdieron en la oscuridad. Poco después, allá abajo en la llanura, las antorchas iluminaban las cabañas y la ermita de Santa María de los Angeles.

Esto ocurría la noche del domingo de Ramos de 1211 ó 1212. El siervo de Dios Francisco, en nombre de la santa madre Iglesia y autorizado por el prelado de San Rufino, recibía en sus manos las promesas de Clara. Un tosco sayal de estameña suplía a las sedas nupciales de refinado «punto de Asís», el bordado local que quedó a medio elaborar en los bajos de la casa paterna.

La paz del bosque se vio turbada al amanecer. Hombres armados buscaban a la frágil pareja de fugitivas, que no estaban ya ocultas tras el seto vivo de la ermita, sino acogidas a sagrado -con derecho de asilo- en el vecino monasterio de San Pablo, afueras de Bastia, de donde no hubo fuerza humana que las pudiera arrancar. Más tarde, para mayor seguridad, el propio Francisco pidió a los camaldulenses el refugio de San Damián. Allí la gala de Asís, Clara Offreduccio y sus primeras seguidoras, plantaron su jardín y alzaron la «torre fuerte» de la señora Pobreza, como único privilegio, que hizo titubear a los papas, uno tras otro. Inocencio III concedió a Clara lo que a Gregorio IX, más tarde, le parecería excesivo tratándose de monjas de clausura. Pero la Santa siguió insistiendo en la misma súplica hasta el lecho de muerte: «Santo Padre, absuélvame de mis pecados, pero jamás aceptaré ser dispensada del voto -o privilegio- de desposarme con la Pobreza de Jesucristo».

Antes de expirar, en 1253, el papa Inocencio IV en persona entró a San Damián y se acercó al catre de Clara para entregarle el escrito o bula aprobatoria de la Regla por ella elaborada. Deseaba que muriera alegre portando al sepulcro, en los pliegues del hábito, el ansiado documento que autorizaba a las Hermanas Pobres a no poseer cosa alguna, ni en privado ni comunitariamente.

I. CLARA OFFREDUCCIO
HASTA SALIR DEL SIGLO

Nos referimos exactamente a los dieciocho años primeros de la existencia de Clara, etapa a la que ella alude con estas mínimas palabras: «Cuando vivíamos en las miserables vanidades de este mundo» (TestCl 2). Pero, por fortuna, los testigos del Proceso de canonización -religiosas clarisas y ciudadanos seglares- esbozaron los rasgos fundamentales del retrato de su primera juventud, hasta el día de su salida del siglo.

Nace Clara, a finales del siglo XII, en una región convulsionada por contrastes sociales; de cuño aristocrático, su familia forma parte de los caballeros o maiores de la ciudad. Es la primogénita, educada con miras a un matrimonio distinguido. La referencia de fondo de su formación abarca especialmente dos puntos obligados: la cultura cortesana y el conocimiento de las hagiografías. No iba para aureolas desde el vientre materno, como tantas veces en los tópicos medievales de preelección a la santidad; al contrario, Clara conoció los problemas de la guerra y el desarraigo del exilio. Si, en estos años tempranos de su niñez, quisiéramos buscar una premisa para futuras muestras de santidad, habría que fijar los ojos en la figura de su madre Hortulana, a la que las fuentes presentan como mujer «peregrina» y representativa de la renovación religiosa del cruce de siglos, entre el XII y el XIII.

TESTIGOS LLAMADOS A DECLARAR

Las religiosas y los seglares que, a los tres meses de la muerte de la Santa, declararon ante los comisarios papales en el Proceso de canonización, se pueden dividir en tres grupos de testigos.

El primer grupo de testimonios refleja la santidad de Clara durante los tres lustros que vivió en el seno de la propia casa. Sor Cecilia de Spello, hija de messer Gualtieri Cacciaguerra, declara haber oído a la madre de santa Clara que «cuando estaba encinta de esta niña, y rezando ante la santa cruz para que el Señor le ayudase en el peligro del parto, había oído una voz que le dijo que iba a alumbrar una gran luz que iluminaría grandemente al mundo» (Pro 6,12).

Beatriz, hermana carnal de Clara, que la sigue a San Damián en 1229, declaró que la vida de su hermana mayor «había sido casi angélica desde la niñez, ya que fue virgen y permaneció siempre en virginidad. Y era solícita en buenas obras de santidad, tanto que su buena fama se divulgó entre todos los que la conocían» (Pro 12,1).

El criado Juan Ventura es más explícito aún en su declaración jurada: «Dijo que el testigo moraba en casa de madonna Clara mientras ella estuvo en casa de su padre, siendo muchacha y virgen, pues él era hombre de armas de la casa. Y entonces madonna Clara podría tener unos dieciocho años. Y era del más noble abolengo de la ciudad de Asís, por parte de padre y de madre. Su padre se llamó messer Favarone, y su abuelo messer Offreduccio de Bernardino. Y la muchacha era tan honesta en su vida y costumbres como si hubiera estado mucho tiempo en monasterio. Preguntado sobre qué vida llevaba, respondió: aunque la corte de su casa era de las mayores de la ciudad y en ella se hacían grandes dispendios, con todo, los alimentos que le daban como en gran casa para comer, ella los reservaba y ocultaba, y luego los enviaba a los pobres. Preguntado por cómo sabía las dichas cosas, contestó que, estando él en casa, las veía y las creía firmemente, porque así se decía. Y ella, viviendo todavía en casa de su padre, llevaba bajo los otros vestidos una áspera estameña de color blanco. Dijo también que ayunaba y permanecía en oración, y hacía otras obras piadosas, como él había visto; y que se creía que desde el principio estaba inspirada por el Espíritu Santo» (Pro 20,1-5).

Los tres testimonios son distintos, pero convergentes. El viejo sirviente se siente orgulloso de vivir en una «corte» donde se come en abundancia. Pero observa que Clara es sensible a las precarias condiciones de los pobres, con quienes quiere compartir alimentos y vestido.

Beatriz da un juicio de valor: Clara fue «angélica» y santa, es decir, fue pura, devota y misericordiosa. Y su «buena fama» repercutió en la opinión pública de la ciudad, a pesar de haber vivido siempre retirada en una casa señorial.

La declaración de Hortulana no es directa, pues nos llega a través de sor Cecilia. Nótese que la madre de Clara no ora a un santo, sino a la santa Cruz. ¿Será eco de su peregrinación a Tierra Santa, donde se postró en el Calvario y en el lugar del hallazgo de la cruz? La «luz» que va a alumbrar tendrá destellos universales, sin límites. Son rasgos de una religiosidad nueva.

Los testigos del segundo grupo son parientes más lejanos o personas que fueron vecinas o amigas de infancia. Las enumeramos.

Amada y Albina -en el Proceso «sobrinas», hijas de messer Martín de Coccorano- atestiguan también sobre su «fama pública» (Pro 4. 2). Y sor Pacífica de Güelfuccio -la primera en declarar, amiga desde la niñez y algo pariente- dice que «entre su casa y la de la virgen Clara sólo mediaba la plaza, y con frecuencia la testigo conversaba con ella» (Pro 1,2). También Bona, hermana de Pacífica, es amiga íntima desde la infancia. Y su testimonio resalta el recato de Clara, a la que presenta como una señora feudal, oculta a las miradas de los extraños y encerrada en el interior del palacio. «Se ocultaba, no queriendo ser vista, y así estaba de modo que no podía ser observada por los que pasaban delante de su casa. Era también muy afable y se ocupaba de otras obras buenas. Preguntada por cómo sabía las cosas dichas, contestó: porque vivía con ella» (Pro 17,4).

Otras dos testigos, Bienvenida de Perusa y Felipa de Leonardo de Gislerio (la segunda, como Clara, refugiada en Perusa), corren la misma suerte por su condición de nobles. Su testimonio subraya la temprana santidad y la fama pública: «Antes de que entrase en religión, era tenida por santa por todos los que la conocían» (Pro 3,2).

El tercer grupo de testigos son dos nobles de Asís, de la misma clase social que Favarone. El primero, messer Ranieri de Bernardo, asisiense, testifica sobre la decisión de Clara desde su propia casa señorial: «El testigo conoció a la dicha madonna Clara cuando era niña en casa de su padre; y era virgen, y desde su primera edad comenzó a dedicarse a obras santas... Como era bella de rostro, se trató de darle marido; y muchos de sus parientes le rogaban que consintiese en casarse; pero ella jamás accedió. Y el testigo mismo le había rogado muchas veces que accediese, y ella no quería ni oírle; antes bien, ella le predicaba a él el desprecio del mundo. Preguntado por cómo sabía las dichas cosas, contestó: porque su mujer era pariente de la dicha madonna Clara, por lo que el testigo frecuentaba su casa con confianza y veía las antedichas buenas obras» (Pro 18,1).

La misma negativa de bodas centra el testimonio de Pedro de Damián de Asís: «Declaró bajo juramento que el testigo y su padre eran vecinos de la casa de santa Clara... Y vio que el padre y la madre y sus parientes la quisieron casar según su nobleza, magníficamente, con hombres grandes y poderosos. Pero la muchacha, que tendría entonces aproximadamente dieciocho años, no pudo ser convencida de ninguna manera, porque quería permanecer virgen y vivir en pobreza, como lo demostró después, ya que vendió toda su herencia y la dio a los pobres. Y por todos era tenida como de buena conducta. Preguntado por cómo lo sabía, contestó: porque era su vecino y sabía que nadie había podido persuadirla nunca a poner su afición en las cosas mundanas» (Pro 19,1-2).

Ranieri de Bernardo y Pedro de Damián son los únicos que resaltan la belleza física de Clara, aparte de los pintores de la época. Estas prendas, unidas a su linaje aristocrático, le facilitaban el enlace con otra familia de su mismo rango social.

LEYENDA DE SANTA CLARA

Al elaborar la Leyenda de santa Clara, Celano selecciona los rasgos pertinentes al modelo de mujer que quiere presentar como santa. Comienza por perfilar la silueta de la madre, Hortulana, en menoscabo de un Favarone, el padre, cuyo nombre ni siquiera recuerda y está siempre ausente del palacio. Para Celano, Hortulana es una mujer de fe, «aunque» (quamvis) casada; es decir, no se podía pedir una vida más devota a una mujer que, por estar casada y ser madre, tenía que atender los deberes de su hogar.

El hagiógrafo, al esbozar los trazos del tipo de santidad de madre e hija, no quiere o no es capaz de borrar la opción entre vida cristiana de «claustro» y vida cristiana de «siglo». He aquí sus palabras: «No obstante las exigencias de sus deberes de esposa y del cuidado del hogar, se entregaba según sus posibilidades al servicio de Dios y a intensas prácticas de piedad. Tanto que pasó a ultramar en devota peregrinación; tras visitar los lugares que el Dios-Hombre dejó santificados con sus huellas, regresó gozosa a su ciudad... Por el fruto se conoce el árbol y por el árbol se recomienda el fruto. Tanta savia de dones divinos gestaba ya la raíz, que es natural que la ramita floreciera en abundancia de santidad» (LCl 1-2).

Pero Celano sabe muy bien que, en su tiempo, existía un movimiento religioso femenino, las beguinas, casadas o viudas, que seguía en contacto con el mundo. Así, la santidad de Clara no puede verse como flor espontánea que brota del seno materno, sino a través de la virtud de la madre. En este caso, la santidad de madre e hija van ligadas a la nobleza de la sangre, circunstancia que aprovecha el celanense para hacer más exportable, en el siglo XIII, el modelo de «santa» cuyo retrato propone para que brille fuera de Asís: «De casa rica, con bienes muy copiosos en relación al nivel de su patria» (LCl 1). Por eso, no es azar que su leyenda arranque glosando la claridad del nombre y de la virtud: «Mujer admirable de linaje, Clara de apelativo y de virtud» (LCl 1).

Clara es, pues, según el Proceso, misericordiosa, devota y virginal. Sor Pacífica dijo que madonna Clara, «estando aún en el siglo, le dio a la testigo por devoción cierta cantidad de dinero y le mandó que lo llevase a los que trabajaban en Santa María de la Porciúncula, para que compraran carne» (Pro 17,7). Celano omite este detalle, pero matiza su contenido y añade a la compasión el sentido penitencial, es decir, una sensibilidad que consiste en asociar los sufrimientos al sacrificio de Cristo: «Y para que su sacrificio fuese más grato a Dios, privaba a su propio cuerpecito de los alimentos más delicados y, enviándolos a hurtadillas a través de intermediarios, reanimaba el estómago de sus protegidos» (LCl 3).

Esta cristología es nueva: un Dios humanado que ofrece su vida por los pecadores, y un puñado de hombres creyentes, los santos, que quieren compartir sus sufrimientos. También hay avance en el elogio de la virginidad de Clara: «Debajo de los vestidos preciosos y sensuales, llevaba escondido un pequeño cilicio, mostrándose por fuera aparentemente mundana, pero revistiéndose interiormente de Cristo» (LCl 4).

Sin duda, Celano «retrata» a Clara adolescente anticipando el género de vida de la monja que vivirá recluida largos años en San Damián. El recato de Clara es comparado al «pomo de aroma exquisito», que dilata su fragancia -su fama pública- por la ciudad, por el claustro y por el mundo.

II. HERMANA CLARA,
MADRE Y MAESTRA EN CRISTO

Son muchas las mujeres prestigiosas que han ilustrado la historia de la Iglesia en todos los tiempos, reflejo fiel y variado de la «mujer fuerte» de la Sagrada Escritura.

En el cruce de los siglos XII al XIII, la ciudad de Asís se convierte en el mejor de los muestrarios de esta primaveral eclosión de espiritualidad femenina. Pica y Hortulana -las «señoras» madres de Francisco y de Clara de Asís- hicieron de sus hogares planteles de santidad no asimilables a los modelos de los viejos monasterios del anterior medioevo.

Como lirios del campo, los seguidores de Francisco brotaron alegremente entre los setos de Porciúncula; fieles al primitivo ideal, el bosquecillo de encinas y enebros multiplicaba sus vástagos cada mañana y alargaba las sombras de sus ramas. Cesco -el Buenagente- no cesaba de agradecer y añadir versos al poema de los hermanos que el cielo le regalaba a manos llenas: Bernardo el pobre, Gil el extático, Rufino el contemplativo, el distinguido Maseo, el paciente fray Junípero y el purísimo León; Ángel el cortés y Juan el fuerte, Rogerio y Lúcido y los demás, de dentro y fuera de Umbría...

Antes de 1220, los Capítulos generales o «mesas redondas» de los caballeros de Francisco llegaron a reunir unos cinco mil hermanos. Semejaban bandadas de alondras, acampadas para orar, platicar y conocerse. Y se dice que las gentes de Asís se honraban de atender a las necesidades materiales, porque aquello les parecía un radiante testimonio de familia, que el cielo se empeñaba en bendecir cada día.

También el coro de las Damas Pobres -en contrapunto de voces blancas- llena el valle de Espoleto y trasciende las cimas del Subasio. Clara, la plantita de Dios que ha nacido también en la llanura de los Ángeles, transforma los claustros de San Damián en jardines primaverales de campanitas de plata. A estos sones virginales se refiere la Santa en su Testamento: «El Señor, por su misericordia y gracia, nos hizo crecer en número en breve espacio de tiempo» (TestCl 31). Nada más grato que recordar los nombres de este plantel de azucenas de la primera hora: la hermana Cecilia nacida en Spello, las «primas» Pacífica y Bona de Güelfuccio, hermanas; Amada y Albina, hijas de messer de Coccorano; Consuelo y Angelita, Bienvenida de Perusa y Felipa de Gislerio de Asís; más Clarita, Inés ('corderilla') y Beatriz, que arrastraron a su madre, madonna Hortulana -la esposa del caballero Favarone- a la paz y a la clausura de San Damián.

Clara de Asís es la primera mujer de la Iglesia -y de la humanidad- que alumbró o dejó en pos de sí una floración de hijas o «hermanas pobres» con regla propia. Veinte años después de la fundación, San Damián contaba con 50 hermanas clarisas. Lo acredita un documento de 1238. Este reguero de luz ha llegado a nuestros días con brillo inconfundible, pues el número de sus seguidoras, después de ocho siglos, no es inferior a las 18.000.

Excepcionalmente dotada por naturaleza y gracia, es maestra en las labores del hilado, del tejido y del bordado. Muchas iglesias pobres de los contornos recibieron el regalo de los corporales y otros paños de altar, que Clara bordaba a mano, recostada en su catre de dolor de San Damián.

DEL MAGISTERIO DE CLARA

Pero, además, la hija del poderoso Favarone y de madonna Hortulana sabe leer y escribir latín vulgar, lo suficiente para adquirir una sólida formación religiosa al contacto con el «padre» san Francisco, sus frailes menores y los clérigos del obispado de Asís. Es evidente su gran penetración en materia de espiritualidad, hasta el punto de ejercer, oralmente y por escrito, un auténtico magisterio.

Enumeramos los breves, pero preciosos, escritos con los que la madre y maestra Clara nutrió a sus hijas de dentro y fuera de Asís.

En cuatro Cartas a la princesa Inés de Praga, que vistió el hábito de clarisa, la fundadora le aclara la función del amor en el seguimiento de Cristo; en una breve Carta a Ermentrudis de Brujas trata de afianzarla en lo que ha prometido a Dios al consagrarle la vida. La Regla, que el papa Inocencio IV aprobó la víspera de la muerte de la santa (el 9 de agosto de 1253), es la forma de vivir que ella anhelaba para sí y sus Hermanas Pobres, basada en el «privilegio» de guardar la más estricta pobreza. El texto del documento original se descubrió entre los pliegues de la manga, en el sarcófago de piedra de la basílica que le levantó su ciudad junto a San Jorge. De una ternura especial es el Testamento, que dirige a sus «hermanas queridas» y firma «vuestra madre y esclava» (TestCl 6 y 79). Y, por fin, la Bendición, que toma pie de la de Francisco y ahonda en todas las razones -hermana, esclava, planta de nuestro padre, madre vuestra y de las demás hermanas pobres, en la tierra y en el cielo- para terminar deseando a todas que «el Señor esté siempre con vosotras» y que «vosotras estéis siempre con él».

Como muestra de la hondura y originalidad de su palabra escrita, he aquí unas líneas de exhortación, de la segunda carta a Inés de Praga, en las que presenta a la hija del rey de Bohemia la dolorosa belleza de Cristo pobre, como único camino de gloria:

«Míralo hecho despreciable por ti, y síguele, hecha tú despreciable por él en este mundo [...]. Observa, considera y contempla, con el anhelo de imitarle, a tu esposo, el más bello entre los hijos de los hombres, hecho por tu salvación el más vil de los varones; despreciado, golpeado y azotado de mil formas en todo su cuerpo, muriendo entre las atroces angustias de la cruz. Porque, si sufres con él, reinarás con él; si con él lloras, con él gozarás; si mueres con él en la cruz de la tribulación, poseerás las moradas eternas en el esplendor de los santos, y tu nombre, inscrito en el libro de la vida, será glorioso entre los hombres» (2CtaCl 19-20).

MUJER DE PERFILES EVANGÉLICOS

Por cualquier lado que la miremos, Clara de Asís, como su amigo y padre Francisco, es evangelio viviente; todo son rasgos que la asemejan a Jesús, como las primaveras de la Umbría se parecen a las de Galilea. Para sus contemporáneos fue «la mujer nueva del valle de Espoleto» (BulCan 9). En la catedral de Anagni, en 1255, el papa Alejandro IV la proclamaba espejo de vida, libro que interpela, lámpara luminosa: «Clara moraba oculta, pero su conducta resultaba notoria; vivía en el silencio, y su fama era un clamor. La Iglesia se colmaba de aromas de santidad» (BulCan 3-4). En ella confluyen y se complementan dos caminos luminosos o formas de amor que el evangelio hace compatibles: la flor de la virginidad y la maternidad del espíritu. Es maestra para quienes han optado por las aulas del itinerario contemplativo de la clausura, donde Clara se anticipa a las doctoras de la experiencia mística; y su docencia escondida no es óbice para alzarse, a los ocho siglos, con el patronazgo del mundo televisivo, porque el cielo le concedió ver y oír a distancia, desde su lecho, las funciones de la Navidad que los hermanos menores celebraban en la basílica de la Colina del Paraíso.

Pío XII, el 4 de febrero de 1958, quiso subrayar que Clara es la ciudad puesta sobre el monte. La luz y la vida no se pueden esconder porque gritan más allá de la muerte: «Bendito seas, Señor, porque me has creado» (LCl 46). Cuando Clara regresaba de la oración arrebatada por la fascinación del amigo divino, «las religiosas se alegraban como si viniera del cielo» (Pro 1,9).

Clara es la gran «cristiana» cuya fuerza procede de la comunión con Cristo. Su confianza, absoluta en situaciones límite, culminó cuando los sarracenos asaltaron su refugio de San Damián. Ella, en un gesto o imagen digna de la patrona del arte de la televisión, los detuvo clamando a su Señor y alzando la Custodia: «¿Y entregas inermes en manos de paganos a tus siervas, a las que yo he criado en tu amor?» (LCl 22).

Al enarbolar en su mano el vigor del sacramento, Clara proclama que no es lo primero el dinamismo exasperado del hombre que, al no contar con Dios, se degrada en su soledad. Al contrario ella, respirando a dos pulmones el aire del evangelio y bebiendo a boca llena el agua de la gracia, crece en dignidad y en libertad de espíritu.

El privilegio de ser pobre conduce a la suerte evangélica de ser libre y feliz. El vacío que resulta de liberar el corazón de egoísmos y posesiones es camino ancho de paz y de amor, de hacerse disponible para la solidaridad. Un recipiente a propósito para que Dios lo colme con sus dones.

Tan sierva del Señor se siente Clara en el servicio de sus hermanas e hijas -y aun de su ciudad- que, estando agonizante, le cuenta a fray Reinaldo su vida de entrega, desde 1212 a 1253, con estas palabras: «Desde que conocí la gracia de mi Señor Jesucristo por medio de aquel su siervo Francisco, ninguna pena me resultó molesta, ni ninguna penitencia gravosa, ni enfermedad alguna, hermano carísimo, difícil» (LCl 44).

Pero la pobreza de Clara no fue sólo libertad para seguir a Cristo, sino también fuerza para crear fraternidad. Como «hermanas pobres», el ideal de las vírgenes del monasterio de San Damián, que luego de la muerte de la Santa se trasladó a intramuros y hoy denominamos de Santa Clara, es la «convivencia fraterna» (LP 45), un tipo de familia incompatible con intereses egoístas.

La historia prueba que el corazón de Clara era más ancho que su monasterio y que vivió vigilante también de la suerte de su ciudad. Cuando la asediaba Vidal de Aversa, dijo a sus hermanas: «Acudid a nuestro Señor y suplicadle con todo el corazón la liberación de la ciudad» (LCl 23).

Y es que quien se consagra a Dios y se aleja del ruido del mundo, no por ello se aparta de los problemas del hombre. Se lo decía el papa Juan Pablo II a la comunidad del protomonasterio de Asís: «No sabéis cuán importantes sois... ¡Cuántos problemas y cuántas cosas dependen de vosotras!» (Disc. del 12-III-1982).

Por ello, en reciprocidad, la ciudad de Asís -y el mundo entero- ha cargado alegremente con el peso del «privilegio» de la pobreza de Clara y sus hijas, a las que nunca, en ocho siglos, ha faltado la mesa de la caridad, pese a los temores iniciales de los pontífices Honorio III y Gregorio IX, tan amigos de la Santa, pero que no acababan de creer que una mujer frágil pudiera cargar sobre sus hombros todo el peso del Evangelio.

III. LA PERSONALIDAD DE CLARA DE ASÍS

Sorprende la gentil personalidad de Clara de Asís por la riqueza y equilibrio de sus perfiles. Dado nuestro objetivo, nos ceñimos a un esbozo de rasgos a la luz de sus escritos.

FISONOMÍA DE ASPECTOS COMPLEMENTARIOS

Clara es entusiasta y dinámica, alegre y serena; pero su sabiduría se manifiesta en el rigor y flexibilidad que imprime a sus directrices. La serenidad es fruto de su valor y de la fe y confianza en Dios. En él y en las hermanas encuentra el desarrollo de sus cualidades -su personalidad- y la fuente de su alegre energía. Sólo con fortaleza espiritual se puede llevar el peso de la «norma de vida» que ha abrazado. Ello le hace escribir: «Y viendo el bienaventurado padre Francisco que, aun siendo nosotras débiles y frágiles corporalmente, no rehusábamos indigencia alguna, ni pobreza, ni trabajo, ni tribulación, ni ignominia, ni desprecio del mundo, sino que más bien considerábamos todas estas cosas como grandes delicias, se alegró mucho en el Señor» y «movido a piedad escribió para nosotras la forma de vida» (RCl 6, 2; TestCl 27-28).

Clara está radicalmente dispuesta a la donación de todo su ser, incluido el deseo de martirio (Pro 6,6). El compromiso de toda su persona aflora en la oración y en el servicio a las hermanas. Para ello no hace falta la palabra docta, ni las letras; basta la santa operación del corazón puro: «No se preocupen de estudios las que no los hayan cursado; en cambio, estén atentas a anhelar por encima de todo el espíritu del Señor y su santa operación, orar continuamente con alma pura, y tener humildad y paciencia en la persecución y en la enfermedad y amar a los que nos persiguen» (RCl 10,8).

Animosa y enérgica, Clara manifiesta su gran entereza de alma en la enfermedad y en el cargo de animadora de sus hermanas. Por eso manda que la autoridad se entienda como servicio: «Y la abadesa tenga para con las hermanas una familiaridad tan grande, que puedan las religiosas hablarle y comportarse con ella como las señoras con su esclava; pues así debe ser, que la abadesa sea sierva de todas las hermanas» (RCl 10,4). «Y sea además tan benigna y tan de todas, que puedan éstas (las religiosas) manifestarle confiadamente sus necesidades y recurrir a ella en todo momento, con confianza, como les pareciere conveniente, tanto en favor suyo como de sus hermanas» (TestCl 65-66).

Usa con frecuencia la expresión «como puedo» (1CtaCl 31. 33), que revela la conciencia de sus limitaciones, incluso a la hora de bendecir: «Os bendigo en mi vida y en mi muerte, en cuanto puedo, con todas las bendiciones» (Ben 11-12).

Dotada de fina sensibilidad, posee un vivo sentido de la belleza y de la grandeza de la creación, como no podía ser menos en quien había crecido a la sombra del cantor del hermano Sol, que la contagia del asombro ante la obra y los dones de Dios, autor de todo bien, especialmente del reino de los cielos: «Es un gran trueque, y loable, dejar lo temporal por lo eterno, ganar el cielo a costa de la tierra, recibir el ciento por uno y poseer a perpetuidad la vida feliz» (1CtaCl 30).

La gratitud le hace sentirse obligada a devolver multiplicado el talento recibido, «pues el mismo Señor nos puso a nosotras como modelo y espejo no sólo de las demás, sino también de nuestras hermanas, las que fueron llamadas por el Señor a nuestra vocación, con el fin de que ellas a su vez sean espejo y ejemplo para los que viven en el mundo» (TestCl 19-20).

La palabra «espejo» es clave en la cultura y en los escritos de Clara, tan en línea con la ejemplaridad medieval. El espejo es la imagen de Cristo visto en la cuna o en la cruz. He aquí un pasaje significativo de la cuarta carta a Inés de Praga: «Él es esplendor de la eterna gloria, reflejo de la luz perpetua y espejo sin mancilla. Tú, ¡oh reina y esposa de Jesucristo!, mira diariamente este espejo y observa en él constantemente tu rostro: podrás así vestirte hermosamente y del todo, interior y exteriormente, y ceñirte de preciosidades, y adornarte juntamente con las flores y las prendas de todas las virtudes, como corresponde a quien es hija y esposa castísima del Rey supremo. Pues bien, en este espejo se reflejan...» (4CtaCl 3-4).

NATURALIDAD EN LO SOBRENATURAL

En la vida de Clara se encuentran pocos fenómenos extraordinarios. Se diría que lo suyo es moverse con naturalidad, como el pez en el agua, cuando vive sus continuas experiencias sobrenaturales. Pero en su oración trasciende con frecuencia los límites de las realidades naturales hasta el punto de que a sus hermanas les parece que la ven «volver del cielo», en un ir y venir sin distancias para los sentidos.

Es célebre a este respecto su participación desde el dormitorio corrido, la noche de Navidad de 1252, en el Oficio divino de los frailes menores del Sacro Convento donde está la tumba del padre san Francisco. La hermana Felipa lo recordó así al testimoniar en el Proceso:

«Refería también la dicha madonna Clara cómo, en la noche de la Natividad del Señor del año pasado, no pudiendo ella levantarse del lecho por su grave enfermedad para ir a la capilla, las hermanas fueron todas a maitines, como de costumbre, dejándola sola. Entonces la madonna, suspirando, dijo: "¡Oh Señor Dios! Aquí me han dejado sola contigo, en este lugar". De pronto, comenzó a oír los órganos y responsorios y todo el oficio de los hermanos en la iglesia de San Francisco, como si estuviera presente allí» (Pro 3,30).

La hermana Amada añade que «ella oyó a la dicha madonna Clara que en aquella noche de la Navidad del Señor había visto también el pesebre de nuestro Señor Jesucristo» (Pro 4,16).

Y la también testigo sor Balbina, que confirma esta visión, añade el detalle del gracejo de Clara que echa en cara a las hermanas a su regreso el haberla dejado sola: «Vosotras me habéis dejado aquí sola, yéndoos a la capilla a maitines, pero el Señor me ha proveído bien, al no poderme yo levantar de la cama» (Pro 7,9).

La Leyenda de Celano y las Florecillas han amplificado e inmortalizado los recuerdos de las testigos de la canonización. Este último relato dice así literalmente:

«Llegó la solemnidad de la natividad de Cristo. Todas las demás hermanas fueron a los maitines, quedando ella sola en la cama, pesarosa de no poder ir con ellas y tener aquel consuelo espiritual. Pero Jesucristo, su esposo, no quiso dejarla sin aquel consuelo: la hizo transportar milagrosamente a la iglesia de San Francisco y asistir a todo el oficio de los maitines y de la misa de medianoche, y además, pudo recibir la sagrada comunión. Después fue llevada de nuevo a su cama» (LCl 29; Flor 35).

Estos textos, sin duda, movieron al papa Pío XII a proclamar a santa Clara de Asís patrona celestial de la televisión, en 1958.

LAS BODAS MÍSTICAS DE MADONNA CLARA

Las cuatro cartas de Clara de Asís a Inés de Bohemia, mujer de estirpe real, giran en torno al tema casi único de las bodas místicas o de la virginidad consagrada a Cristo. Después de esto transcurrieron, lentos, los siglos del bajo medioevo. Y hay que llegar a la pluma de Juan de la Cruz para encontrar páginas tan encendidas del alma enamorada. Clara abre a Inés su intimidad porque son dos mujeres que han renunciado al amor esponsal por haber experimentado el flechazo divino.

Ambas lo han dejado todo por su enamoramiento de Cristo pobre y crucificado. En el caso de Inés, la renuncia implica la corona de emperatriz. Clara, cuya sangre era noble pero no real, ha renunciado a algo menos; pero habla a la princesa bohemia y la invita, gozosa, desde su condición de cautiva de amor divino y seducida igualmente por el Jesús del pesebre y de la cruz. Como si le estuviera mirando directamente a los ojos, la virgen de Asís expresa su pasmo y elogia la decisión que ha tomado la de Praga, de seguir a Cristo:

«Realmente -le escribe- hubierais podido disfrutar más que nadie de las pompas y de los honores y de las grandezas del siglo; pero lo habéis desdeñado todo y habéis preferido, con entereza de alma y corazón enamorado, la santísima pobreza y la escasez corporal, uniéndoos con el Esposo del más noble linaje, el Señor Jesucristo, que guardará vuestra virginidad siempre intacta y sin mancilla» (1CtaCl 5-7).

Tras esta primera etapa de elección de esposo por enamoramiento, viene la entrega o fidelidad generosa: «¡Abrázate, virgen pobrecilla, al Cristo pobre!». «Observa, considera y contempla, arde en deseos de imitar a tu Esposo, el más hermoso entre los hijos de los hombres» (2CtaCl 18,20).

La tercera carta a Inés es un canto de alegría porque la virgen de Bohemia, «ahora hermana y esposa del supremo Rey de los cielos», persevera tras la huella de Jesús pobre y humilde. Por eso, «me siento llena de tanto gozo, y respiro con tanta alegría en el Señor, que nadie podrá arrebatarme este júbilo» (3CtaCl 1-5). Alegrarse en el Señor es hundirse en la fuente de la alegría, mirarse en el espejo de la eternidad y saborear la dulzura escondida, sólo reservada para los amigos (vv. 12-14).

La cuarta y última carta a Inés, escrita en 1253 (año del tránsito de Clara), repite hasta diez veces las voces «esposo/esposa». Es sin duda reflejo del grado de unión con Cristo que Clara está viviendo en este final de su vida. La imagen del «espejo» lo llena todo en esta carta: «En este espejo resplandecen la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como lo podrás contemplar con la gracia de Dios en todo el espejo» (4CtaCl 18-20). Porque presiente cerca su felicidad final, Clara alienta a Inés al éxtasis del amor unitivo: «¡Déjate abrasar, oh reina esposa del Rey celestial, cada vez con mayor fuerza, por este ardor de caridad!» (v. 27).

Hay que saltar siglos en la historia de la mística cristiana para hallar experiencias similares y expresiones de tan profunda y novedosa espiritualidad. Su sentido de la clausura excede lo estrictamente canónico de la legislación eclesiástica. La virginidad es una condición necesaria para una fecundidad espiritual, por la que tantas hermanas optan siguiendo el ejemplo de Clara. La cadena de hijas es fruto del amor, que crea "familia", en el sentido que emerge de la conocida Bendición de Clara, cuya mano pretende abarcar el presente y el futuro:

«El Señor os bendiga y os guarde; os muestre su faz y tenga misericordia de vosotras; os vuelva su rostro y os dé su paz, hermanas e hijas mías...». Hasta aquí su diestra está siguiendo el dictado de la de Francisco; pero ella, con nuevo impulso, alarga su deseo de paz y bien para bendecir otros planteles trasplantados del damianita: «A vosotras y a todas las que han de venir y permanecer en vuestra comunidad y en todas las demás, tanto presentes como futuras, que han de perseverar hasta el fin en todos los otros monasterios de Damas Pobres» (Ben 2-5).

El tema de las bodas místicas, con la pobreza y la humildad de Cristo como fondo, es una reelaboración teológica de Clara y de la comunidad de San Damián, que preludia otras glosas posteriores del Cantar de los Cantares.

IV. EL GRAN ICONO ACTUAL
DE SANTA CLARA DE ASÍS

Los hermanos Ministros Generales de la Orden Franciscana, en su Carta inaugural del 750º aniversario de la muerte de Santa Clara (1253-2003), han evocado la actualidad de la Fundadora a través del icono pintado en 1283, a petición de las clarisas del protomonasterio de Asís (Donna Benedetta-Abadessa).

La enamorada de Dios aparece vestida con hábito pobre por amor al «santísimo y amadísimo Niño» y a su «santísima Madre» (RCl 2,24). Su rostro es el de alguien que ha visto al Rey de la gloria (Pro 4,19), porque Clara fue el cumplimiento de la promesa de Francisco de que «sobre quienes practiquen estas cosas y perseveren en ellas se posará el Espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada; son hijos del Padre celestial, cuyas obras realizan; y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo» (1CtaF 5-7).

IMAGEN DE CLARA EN EL ICONO DE AYER

En la gran tabla de 1283, Clara aparece rodeada de ocho escenas estelares de su vida: cuatro narran la historia de su vocación y las otras cuatro su forma de vida. En frase de Michel Feuillet, «en este icono podemos admirar a la Pobrecilla, el rostro femenino del franciscanismo, lleno de respeto, inteligencia y ternura».

Las dos últimas escenas describen la muerte y los funerales de la santa. Vemos en la primera de éstas a la Virgen María, que viene con su séquito de vírgenes a revestir a su hija con espléndido vestido, como corresponde a la Esposa que se prepara para el enlace nupcial con el Cordero. El último cuadro es la función exequial, celebrada por el propio papa Inocencio IV, que deseaba canonizar a Clara sin la dilación que establecía el código. Por fortuna, el cardenal Reinaldo, futuro Alejandro IV, que la elevó a los altares en Anagni en 1255, frenó a Inocencio desaconsejándole que celebrara la misa de vírgenes en lugar de la de difuntos. Gracias a esto tenemos el precioso texto del Proceso de canonización, con la riqueza de testimonios y hechos expuestos por personas, seglares y religiosas, que habían vivido con Clara largos años, tanto en la casa paterna como en el monasterio de San Damián.

La escena sexta que rodea el icono, es la declaración que hizo sor Cecilia sobre el milagro del medio pan que, por la oración de Clara, se convirtió en cincuenta rebanadas, tantas como hermanas. Este episodio muestra que la pobreza no era sólo un ideal abstracto en el monasterio de San Damián, sino una dura condición de la vida cotidiana. He aquí la declaración de la testigo sor Cecilia:

«Dijo también que un día, no teniendo las hermanas más que medio pan, porque la otra mitad se la habían dado a los hermanos que vivían en la parte exterior, la dicha madonna mandó a la testigo que hiciese con aquel pan cincuenta rebanadas, y se las llevase a las hermanas, que habían ido ya al refectorio. Entonces dijo la testigo a la dicha madonna Clara: "Para hacer de este trozo de pan cincuenta rebanadas, sería necesario aquel milagro del Señor de los cinco panes y los dos peces". Pero la madonna respondió: "Ve y haz lo que te he dicho". Y el Señor multiplicó aquel pan de tal modo, que hizo de él cincuenta rebanadas y ¡grandes rebanadas!, como santa Clara le había ordenado» (Pro 6,16; LCl 15).

Ella era, al fin, la abadesa y madre de todas: «Yo, Clara, esclava, aunque indigna, de Cristo y de las hermanas pobres del monasterio de San Damián» (TestCl 37).

LA IMAGEN DE CLARA EN NUESTROS DÍAS

Al final de nuestra semblanza o visión de Clara, es obvio preguntarnos si, después de ochocientos años -a siete siglos y medio de su muerte-, la ilustre asisiense del siglo XIII sigue siendo espejo y forma de vida para nuestros días. ¿Es aún «un clamor» en el mundo cristiano el espíritu -«el silencio»- de la abadesa de San Damián de Asís?

Un primer acercamiento a la mentalidad de nuestro tiempo lo vemos en su modo de ejercer a pie, sin resabios caballerescos, la autoridad al frente de su monasterio. ¡Qué voz tan dulce y cercana! La mujer responsable de aquel grupito de penitentes femeninas de Asís, que comienza de simple guía de una pequeña fraternidad, acaba rigiendo y gobernando «en espíritu y verdad» a toda una comunidad de cincuenta «hermanas e hijas» (Ben 4); pero, además, por vez primera en la historia de la clausura monacal, Clara deja atrás el estilo de la abadesa feudal para convertirse en una «hermana» de sus «hijas», y aún en una «sierva de todas las hermanas» (RCl 10,5).

Su forma de entender la autoridad es equidistante entre la entereza y la bondad dialogante. Su actitud es la propia de un Cristo «sin alardes de su categoría de Dios» (Flp 2,6), uno de tantos, un modelo siempre actual y evangélico de practicar su sentido de la igualdad y el respeto.

Por eso, la ternura pasa a ser norma. La «abadesa y madre» (RCl 10,7) «esmérese en ser la primera más por las virtudes y santas costumbres que por el cargo, de modo que las hermanas, estimuladas por el ejemplo, le obedezcan más por amor que por temor» (RCl 4,9). Y debe contar con todas las hermanas, en el capítulo semanal, a la hora de deliberar sobre los asuntos de utilidad y decoro para el monasterio, «pues muchas veces el Señor revela a la que es menor lo que es más conveniente» (RCl 4,18).

Lo que Clara busca es una fraternidad en comunión con la abadesa, en diálogo fraterno de integración en la vida común; no se trata de uniformidad, sino de unión interior. Lejos de pretender cercenar el sentido crítico y el uso sano de la libertad, la abadesa de San Damián quiere la corresponsabilidad de sus hermanas o hijas, con la finalidad de «conservar la unión del amor mutuo y de la paz» (RCl 4,22).

Le gustaría ceder la iniciativa a las demás. En su pluma, la expresión «mis hermanas y yo» es el compromiso compartido -de todas y cada una- en los asuntos graves de la vida fraterna (RCl 4,19-22).

HUMANA Y FEMENINA EN PLENITUD

Este clima de caridad unió a las hermanas en la realización de aquella forma de vida evangélica de Francisco, tan nueva en la Iglesia medieval, que precisó otra experiencia -todo el rodaje y redescubrimiento de la fraternidad damianita bajo el dulce magisterio de Clara- para poder ser «imitada» por el mundo y por los siglos, hasta llegar con vitalidad a conectar con el gran Concilio de hoy, el Vaticano II, y con las renovadas bases de la vida religiosa (PC 14-15).

A cambio de sus renuncias, Clara fue colmada por Dios de valores humanos y femeninos en plenitud, que puso al servicio de su monasterio y de la Iglesia. Prudente y firme, fue siempre la hija del «caballero», sin vacilar en sus opciones fundamentales. Bajo el sayal de pobre, su icono de discípula de Cristo esconde la excelencia de una inteligencia y voluntad inquebrantable. Rompió el cerrojo de su palacio familiar -tal vez la respetada «puerta de los muertos»- y descerrajó los esquemas de cuantos quisieron llevarla por caminos o «reglas» que no eran su forma de vida.

Pero a ello unió toda la ternura de un corazón de mujer, fresco siempre para el sentimiento. Todo el cariño que no dio a un marido de la tierra, lo volcó en Cristo y en las personas con quienes se relacionó. Valga el recuerdo de la Carta a Inés de Bohemia: «Aunque no te haya escrito [...], no te extrañes, ni creas de ninguna manera que el fuego del amor que te tengo arde menos afectuosamente en las entrañas de tu madre» (4CtaCl 4-5).

Es especialmente familiar con sus hermanas de comunidad. Los gestos son muchos y delicados: las vela y recubre sus cuerpos durante la noche (no se olvide que el dormitorio es común), les lava los pies cuando vuelven de mendigar, se prodiga con las jóvenes, las débiles y las enfermas, y a veces las cura con el signo de la cruz (LCl 34-35).

Y es también un alma abierta al mundo y a los hombres, en especial a la Iglesia, porque su trato con el hermano Francisco le ha enseñado a ser una más en el corro de las criaturas.

UNA POBREZA NO MANIQUEA, "DE PRIVILEGIO"

La pobreza forzosa es una plaga de la sociedad. La pobreza del monasterio de San Damián, pese a su radicalidad, no era una condena maniquea de los bienes de Dios, sino una interpelación saludable sobre el uso o abuso de las cosas materiales, que se dignifican en el servicio a la persona. Aquel estilo austero de vida impresionó a propios y extraños, pero fue un reclamo para muchos: siguieron a Clara su madre, sus dos hermanas Inés y Beatriz, sus primas carnales, amigas y vecinas y tantas doncellas de la flor de Asís y su comarca.

La renuncia evangélica -el «vende tus cosas y sígueme» (Mc 10,21)- es una denuncia profética del escándalo del mundo, cuyo afán instintivo es poseer y dominar sin medida, mientras dos tercios de la humanidad están condenados a la miseria. Frente a esta tragedia, poco podía hacer la Iglesia -en ruinas también- desde el vértice de la pirámide. El papa de turno, el gran Inocencio III, estaba muy acostumbrado a que a diario se cursaran letras a la curia romana en demanda de privilegios para mejorar las condiciones de vida de los monasterios y sus posesiones. Pero, un día de 1216, llegó una extraña súplica -firmada por Clara Offreduccio- que pedía «el derecho de vivir en suma pobreza y que nadie pueda forzarla a recibir bienes».

Doce años más tarde, en 1228, le contestaba el sucesor Gregorio IX: «En respuesta a vuestra súplica, Nos confirmamos vuestra voluntad de vivir en grandísima Pobreza». Como los caballeros «menores» de la mesa redonda de Francisco, las damas «pobres» de Clara querían llegar a ser una constelación de reinas del cielo, que se habían negado a ceñir coronas de la tierra. Para nutrirse de la contemplación de Dios, ya sólo necesitaban gozar del «privilegio» de enajenar y repartir los propios bienes, de cumplir con el trabajo manual de cada día y de acudir al tesoro de la providencia, como lo hacen los lirios del campo, los pajarillos del aire y los peces del mar.

La sonrisa de Inocencio se muda en gravedad en el rostro de Hugolino. Este gran amigo se atreve a contraer una deuda con Clara, a quien se encomienda como «hermana querida en Cristo, madre de la salvación de mi alma» (Carta de Hugolino a Clara). Como cardenal protector de la Orden, no había podido convencer a la joven abadesa de que aceptara unos huertecillos de regalo para proveerse de lo necesario en momentos de apuro.

Las fraternidades mendicantes de pobres voluntarios -seguidores del Cristo del pesebre y del madero- son la negación de los latifundios y estructuras monacales. Las tapias o setos de los nuevos conventos no hablan de metas, sino de lugares de paso. Hay que salir fuera y se vuelve sólo (al «con-vento») a recobrar fuerzas y a cruzar los brazos en la oración, que es común; pero la mies está en la misión, donde haya hombres o leprosos que besar y salvar.

Ni siquiera el monasterio femenino es ciudad permanente, sino sed de repartir el grano por los caminos, lo cual provoca diversos movimientos de «pobres», no todos evangélicos.

A la muerte de Clara -mediados del siglo XIII- la pobreza de San Damián ha contagiado a la sociedad y se ha hecho proverbial, tanto que había ya en Europa 150 monasterios de clarisas. La nueva cristiandad iba aprendiendo a compartir el uso de las cosas, sin poner en ellas el corazón. Clara insistía en todas partes en que ser es más que hacer y poseer. Y si la inseguridad de los tiempos movía a buscar apoyo en el poder del dinero, como signo del auge burgués, la nueva escuela itinerante franciscana -el espíritu de Asís- pone el acento en la teología de la humildad y se ofrece a restaurar ruinas donde las haya. Desde dentro de las ermitas, sucesivamente, Francisco y Clara se encaraman en las paredes para pedir ayuda a los que pasan, que sin duda son todos buena gente: «Quien me dé una, dos, tres piedras, tendrá una, dos, tres recompensas...».

La pobreza «de privilegio» es libertad frente a tantas formas de esclavitud. Francisco y Clara de Asís -libres y felices como nadie en su tiempo- pudieron exclamar cuando se les avecinaba su fin, el uno tras del otro, primero el hermano Sol: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal" (Cántico de las criaturas). Y luego ella, la hermana Luna, hablando con su alma: «Ve segura, porque llevas buena escolta para el viaje. Aquel que te creó, te santificó; y guardándote siempre, como la madre al hijo, te ha amado con amor tierno. ¡Y tú, Señor, bendito seas porque me has creado!» (LCl 46; Pro 3,20).

NUEVOS MOLDES DE EVANGELIZACIÓN

Una vez más Clara y Francisco juntos. Tuvieron que escribir -contra lo mandado por el concilio de Letrán- sendas «formas de vida» porque, al hacer «estallar» el marco jerárquico feudal del monaquismo, no había Regla alguna que respondiera a sus aspiraciones. El vasallaje se sustituye por una obediencia entendida como lealtad; y la autoridad, en contrapartida, se denomina servicio.

Ante la cultura de nuestros días, que ha invadido los espacios interiores del hombre con la inflación del sonido y de la imagen, Clara -la patrona de la televisión- sigue proclamando, Custodia en mano, que el evangelio es aún la más bella noticia. Frente a los últimos gritos de los maestros de moda -la tele «ha puesto», el periódico «dice»- queda en pie el testimonio que da el creyente de su propia conversión al Dios de Jesucristo, que enamoró a la preclara doncella de Asís.

Clara es la mirada limpia del evangelio; sus ojos fueron hechos para no perderse entre tantas cosas de la tierra. Hay que saber elegir, como ella, lo que se quiere mirar, para no quedar sin libertad. Clara es el puente entre los sentidos y el corazón, levadizo a la hora de comunicarse con Dios sin interferencias, pero abatible y llano al volver con la respuesta para el hombre.

¡Qué claro todo al hablar con ella! El que se acerca a sus monasterios -a sus hijas aún numerosas- está seguro de encontrar un oído atento, un rostro afable y sobre todo un hogar libre y feliz. En vida, sin dejar su retiro o su lecho de dolor, estuvo unida al mundo, a su ciudad y a la Iglesia entera; ante las diversas opciones de hoy, esta mujer nueva sigue presente con vigor renovado en la primera línea de la evangelización.

En una sociedad de productividad y ansia frenética de bienestar como la nuestra, Clara advierte a cuantos tienen el corazón sano -deseoso de alegría y felicidad- que Dios no es un producto para el consumo. El sentido de la existencia no está en la evasión hacia paraísos alienantes, sino en el gusto por la naturaleza y por la vida contemplativa.

No ha terminado la misión de Clara. Quien llega a entablar el diálogo con ella, sentirá la sensación de que está hablando con su hermana menor o con su madre. No temblará por tenerla a su lado, porque nunca le echará en cara ni la más pequeña de sus debilidades. Le servirá, eso sí, de espejo para verlas.

Desde su jardincillo de San Damián se asomaba de puntillas al espléndido valle de Espoleto, como hoy proyecta al mundo su santidad, en armoniosa integración de inteligencia, energía y delicadeza. La gracia perfeccionó sus talentos e hizo atractiva su figura en el cortejo de los santos. Como su amigo san Francisco, dio cabida en su corazón a todas las hermosuras de la mano de Dios. Sor Angeluccia la recordaba así, abierta a la alabanza: «Cuando la santa Madre mandaba a las hermanas externas fuera del monasterio, las animaba a alabar a Dios cuando viesen árboles bellos, floridos y frondosos; también, al ver a los hombres y a las demás criaturas, les decía que tributasen alabanzas a Dios por todo y en todo» (Pro 14,8). La imagen que dejó de sí misma a sus hermanas y a sus contemporáneos es la de «un rostro sonriente y alegre» (Pro 3,6), que revela la dicha de un corazón colmado por el amor.

Clara y sus hijas -las de hoy como las de ayer- acreditan la paradójica promesa de Cristo en el monte de las Bienaventuranzas: «Dichosos los pobres, porque nadie os privará de ser reyes en el cielo» (Lc 6,20).

Desde cualquier ángulo, Clara sigue sorprendiendo a quien la contempla, pues asegura al hombre de hoy que la felicidad es aún posible: «Respiro con alegría en el Señor. ¡Realmente puedo alegrarme y nadie podrá arrebatarme este gozo!» (3CtaCl 4-5).

Por eso, el cardenal Hugolino -ya Gregorio IX- se encomendaba a ella en estos términos: «A la queridísima hermana en Cristo y madre de su salvación, a la señora Clara, servidora de Cristo, Hugolino, obispo de Ostia, indigno y pecador, se encomienda todo cuanto él es y puede ser. Te encomiendo, pues, mi alma y mi espíritu, como Jesús encomendó el suyo al Padre en la cruz, para que en el día del juicio respondas por mí [...]. Tengo por seguro que conseguirás del sumo juez todo lo que pidas por la insistencia de tan gran devoción y abundancia de lágrimas» (Carta citada).

Esta mujer contemplativa se asoma a la pantalla -la televisión es suya- para decirle al mundo de hoy que vuelva a Dios en la oración, que se libre con urgencia del acoso materialista, que ensaye modos de fraternidad y que fije los ojos en la paz de los claustros para recobrar la serena alegría que necesitan los humanos.

El mensaje franciscano de Clara no es la lógica de los resultados y de las seguridades, sino la de la humildad, la ineficacia y el desprecio. Es la fuerza de los que parecen inútiles o de los que pasan la vida tendidos en un catre de dolor, tal vez bordando lienzos sin valor para las iglesias abandonadas.

Como animadora de sus hermanas de vocación, convirtió los claustros en lugares de fiestas de conversión. Como luz que no cesa, este claror alegra aún al mundo entero. Lo dijo muy bien Alejandro IV, el papa que la proclamó santa, y dejó escrito en la bula de su canonización: «Vivía en el silencio, pero su fama era un clamor».

Ese clamor resuena doquier han llegado sus hijas con el espíritu de San Damián. También en el País de Jesús, donde reside el autor de estas líneas.

Las hijas de Clara estuvieron presentes con los hijos de Francisco en Tierra Santa desde el tiempo de las Cruzadas y fueron testigos con la propia sangre en las ciudades de Acre y Trípoli. De nuevo, desde hace un siglo y medio, han vuelto y al lado de sus hermanos los misioneros franciscanos trabajan en los monasterios de Jerusalén, Nazaret, Harissa y Alejandría de Egipto, donde muestran la vitalidad de su carisma entre «los sarracenos y otros infieles». La presencia del Sacramento las protege aún, como en los días de la Santa, en su generosa entrega a Dios y a los hermanos, a pesar de los borrascosos tiempos que agitan la tierra que vio hacerse Hombre a nuestro Salvador.

Los elementos o pilares internos que sostienen el claustro moderno, después del Vaticano II, son los de siempre: el desierto del silencio, el jardín litúrgico de la palabra y el ágape de la fraternidad. La clausura no es, no ha sido nunca, un muro de separación o de desprecio del mundo, para demonizarlo o condenarlo, sino el velo del misterio de la divina presencia. La voz de Dios suena más pura en la sutil armonía de ese desierto, donde el alma puede sentarse a saborear «cuán bueno es el Señor».

El carisma privilegiado de Clara -la que huyó del palacio de familia- sigue ensayando nuevos modos de acercarse al hombre. El último parece ser alzar conventos humildes en zonas marginales o rurales y en tierras de misión, como signo de renovadora evangelización.

[Félix del Buey, OFM, Clara luz de Asís que no cesa, en Tierra Santa Nº 764 (Sept-Oct 2003) 226-233; Nº 765 (Nov-Dic 2003) 285-293; Nº 766 (Enero-Febr 2004) 21-28].

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