DIRECTORIO FRANCISCANO
Santa Clara de Asís

ACTUALIDAD DE SANTA CLARA DE ASÍS

por Miguel Ángel Lavilla Martín, OFM[1]

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Ante este título, espontáneamente surge la pregunta: ¿Cómo puede ser actual una mujer de un pasado tan lejano? ¿Qué puede decir Clara de Asís, que vivió en el siglo XIII, a las mujeres y a los hombres del siglo XXI?

Clara nació en 1193 y murió en 1253. En estos ochocientos años que median entre ella y nosotros, parecen ser mayores las cosas que nos separan que las que nos unen: mentalidad, circunstancias, costumbres. Tantos motivos abren un abismo infranqueable entre nosotros y Clara de Asís. Sin embargo, su personalidad y su experiencia cristiana, en algunos aspectos, son más próximas a nosotros, o nos pueden sugerir o ayudar más de lo que en un primer momento podríamos imaginar.

Además de la distancia histórica, deben señalarse los obstáculos mayores para acceder a Clara de Asís y reconocerla como una mujer que dice una palabra válida para el hoy.

El primer obstáculo es el gran desconocimiento de su figura y espiritualidad, incluso en el seno mismo de la Iglesia. ¿Cuántos conocen su vida, y no digamos sus Cartas, su Regla y su Testamento?

Hoy, para no pocos cristianos (y no digamos entre los no creyentes), Clara ha quedado reducida a una santa de altar, a una imagen de escayola. Como mucho, la piedad popular la asocia al buen tiempo (por el nombre: Clara=claridad, firmamento claro; la ofrenda de los huevos, cuando una pareja va a casarse). Aunque en sectores algo más cultivados se asocia a santa Clara con la piedad eucarística y con la televisión, por ser su patrona.[2]

No obstante, en los ambientes más cercanos a las hermanas clarisas, Clara es un referente de vida humilde, sencilla y austera, entregada a la oración y contemplación: una vida cristiana entregada totalmente a Dios y al servicio de la humanidad a través de la plegaria.

En amplios sectores de la cultura contemporánea, fuertemente marcada por el materialismo y el laicismo, por la indiferencia ante Dios, e incluso por su negación, Clara y su historia carecen de relevancia; exceptuando el interés que pueda despertar como objeto museístico, meramente histórico; es decir, por las manifestaciones artísticas, literarias, o de otro tipo, que generó el personaje histórico y la Orden religiosa que en ella se inspira.

Otra dificultad para admitir la actualidad de Clara de Asís es la clausura como forma de vida contemplativa. El pragmatismo, la eficacia, la libertad, como valores absolutos, que carecen de referentes, exceptuando al propio individuo como única medida ante sí mismo y ante los demás, también han entrado en la Iglesia y campan a sus anchas. Así, para algunos cristianos no sólo les resulta incomprensible una vida contemplativa en clausura, sino inaceptable; les parece inconcebible que Dios pueda llamar a las personas (tanto hombres como mujeres) a vivir de esa manera; porque entienden que carece de visibilidad o de influencia en medio del mundo; para éstos, la oración y la contemplación poseen un valor relativo, y por esto, reducen la búsqueda del Reino de Dios y su justicia al apostolado social y caritativo.

Después de apuntar los obstáculos que dificultan el acceso a Clara de Asís y, por lo tanto, el reconocimiento de su actualidad, entiendo que ésta puede cifrarse en los siguientes aspectos:

1. Clara, la mujer vigorosa y tierna
2. Clara, la mujer de lo esencial y de la autenticidad
3. Clara, la mujer evangélica
4. Clara, la mujer que vive desde la gratuidad

1. CLARA DE ASÍS, MUJER VIGOROSA Y TIERNA

La salud física de Clara, estuvo enferma casi la mitad de su vida (Proc 1,17), parece desmentir o poner en tela de juicio que ella fuese una mujer fuerte. Sin embargo, su biografía nos revela a una mujer de personalidad vigorosa, firme, madura, decidida, cálida y entrañable.

La biografía de Clara es la historia de su lucha por afirmarse como mujer y como creyente cristiana, con convicciones y criterios propios, en medio de una sociedad y de una Iglesia regidas por varones y por normas que se suponían inamovibles.

Así, cuando tenía unos 18 años abandona la casa paterna, de rango nobiliario, para reunirse con un grupo de hombres mendicantes y desarrapados, liderado por un tal Francisco, que si bien ya no tenían mala fama en Asís, no se entendía muy bien de qué iban por la vida. Clara deja su casa para vivir según el Evangelio de Jesús, pero sin saber qué programa, qué proyecto iba a seguir para encarnar el Evangelio.

Su decisión, consciente y libre (autónoma), implicaba no sólo dejar una vida cómoda y segura, sino también elegir un futuro incierto, es decir: rechazar un matrimonio y, por lo tanto, hasta la más mínima presión del exterior para escoger marido; enfrentarse a la propia familia, que se opuso con fuerza a su decisión; renunciar a la herencia a la que tenía derecho; pasar a otra categoría social, la más baja, muy inferior de la que le correspondía por nacimiento, que avergonzaba a sus familiares por el desprestigio que les acarreaba ante toda la comarca (LCl 9. Proc 12,4; 18,3; 20,6).

La voluntad de Clara por afirmarse en sus anhelos más profundos, también se manifiesta en su búsqueda para concretar su vocación de seguir las huellas de Jesús. Ni la vida monástica con las benedictinas de San Pablo (cerca de Asís), ni la vida en la comunidad de mujeres penitentes de Santo Ángel de Panzo, le convencen, y, tras una breve estancia, abandona ambos lugares, para pasar a San Damián, en Asís. Allí, con un pequeño grupo de mujeres, empezó una vida inspirada en el Evangelio, que se concretaba en una vida familiar con Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y con las hermanas, inmersa en la oración y contemplación y en la más extrema pobreza. La «Forma de vida», muy breve, que les dio Francisco, iluminaba este género de vida.

Cuando el papa o, mejor, los diferentes papas que se fueron sucediendo en la sede de Pedro (Inocencio III, Gregorio IX, Inocencio IV) y los cardenales «protectores» (encargados de los hermanos menores y de las hermanas), presionaron a Clara para que aceptase propiedades, porque ellos entendían que unas mujeres, que vivían entregadas a la oración y la contemplación, entre cuatro paredes, no podían sobrevivir, ni servir a Dios, si no poseían unos recursos materiales con los que mantenerse, Clara permaneció firme en su propósito de vivir pobre y sin privilegios, y así se lo hizo saber en diferentes ocasiones al Santo Padre y al cardenal. Imagínense los diálogos entre una mujer (hoy algunos añadirían: «y encima una monjica»), y un papa o un cardenal. Los interlocutores tan desiguales por tantas razones: varón - mujer, sacerdote - laica, un instruido «universitario» - «una bachiller», la suma autoridad de la Iglesia - una fiel convencida...

No conocemos esos diálogos en detalle, pero sí sabemos que Clara, en su propósito de seguir a Cristo pobre, consiguió arrancarle el Privilegio de la pobreza a Inocencio III (1216) y después su confirmación a Gregorio IX (1228). Se trata de un monstruo jurídico, es decir, una institución jurídica extraña, nunca vista, y que provoca el asombro: el privilegio de no tener privilegios, ni estar obligadas a aceptarlos. El mismo Inocencio quedó perplejo ante la petición insistente de Clara: «[...] le advierte que es extraña la petición, ya que nunca un privilegio semejante había sido solicitado de la Sede Apostólica. Y para corresponder a la insólita petición con un favor insólito, el Pontífice personalmente, con mucho gozo, redactó de propia mano el primer esbozo del pretendido privilegio» (LCl 4).

Gregorio IX, que tenía en gran estima a Clara, no estaba para nada convencido de este Privilegio, así «al intentar convencerla de que se aviniese a tener algunas posesiones, que él mismo le ofrecía con liberalidad en previsión de eventuales circunstancias y de los peligros de los tiempos, Clara se le resistió con ánimo esforzadísimo y de ningún modo accedió. Y cuando el Pontífice le responde: "Si temes por el voto, Nos te desligamos del voto". Le dice ella: "Santísimo Padre, a ningún precio deseo ser dispensada del seguimiento indeclinable de Cristo"».[3]

La resistencia de Clara, su firmeza y su lucha, también se desplegó para conseguir una Regla propia, una forma de vida que recogiese el carisma que les había concedido Dios por medio de Francisco de Asís. Fue una batalla larga y no exenta de dolor. Tuvo que aceptar la profesión de la Regla de San Benito, hasta que, después de muchos años, consiguió que pudiesen profesar la Regla de San Francisco (1247), aunque debían seguir unas normas establecidas por el Papa; y no dejó de luchar por sus convicciones, hasta que dos días antes de su muerte consiguió la aprobación de su Regla el 9 de agosto de 1253 (Proc 3,32).

Clara de Asís es la primera mujer en la historia de la Iglesia que escribe una Regla, y además consigue que le sea aprobada con una bula papal, un dato que lo dice todo acerca de su autonomía, vigor, entereza, madurez y capacidad de iniciativa.

La capacidad de esta mujer para afirmarse en medio de los varones y ante la jerarquía eclesiástica, no nace de una falsa autosuficiencia, o de un inútil narcisismo, ni mucho menos de una determinada ideología de género. Rasgos de nuestra época, muy distantes de Clara. Tampoco se trata de empecinamiento o cabezonería por parte de Clara.

Su vigor y su decidida afirmación nacen del convencimiento de sentirse llamada por Dios a vivir entregada totalmente a él. Vocación discernida, contrastada con el parecer de otras personas, de los hermanos: Francisco, León, Elías... No es capricho o sugestión de una alocada, ni tampoco interés de imponer sus propias ideas.

El vigor de Clara y su afirmación no desembocan en tiranía o fanatismo sino que, todo lo contrario, generan amor y servicio. Ella era maternal, tierna, cariñosa, bondadosa, consoladora, compasiva con las hermanas, especialmente para con las enfermas y necesitadas. Se preocupaba por todas y a todas servía. No le gustaba mandar, le costaba dar órdenes, prefería hacer ella las cosas antes que mandarlas; sólo aceptó el oficio de abadesa después de muchos ruegos de Francisco, que casi tuvo que obligarla.[4] Su pedagogía, como la de Francisco, se guía por el principio del ejemplo. En su Regla, las situaciones de necesidad «no conocen ley», no se regulan por unas normas rígidas (8 RCl 2,17; 3,8-11).

2. CLARA, LA MUJER DE LO ESENCIAL
Y DE LA AUTENTICIDAD

Algunas prácticas de Clara son poco actuales y para nada imitables, como es el caso de sus extremas penitencias corporales. Pero en su forma de vivir el Evangelio encontramos elementos muy válidos para hoy, y no sólo para las hermanas clarisas, sino para todos los cristianos.

Algunos de esos aspectos son: su fidelidad a la vocación recibida, su autenticidad y su preocupación por centrarse siempre en lo esencial. Me pregunto si nuestro mundo, dominado por el relativismo, lo efímero, la dispersión, la realidad virtual (lo que cuenta son las apariencias), no está necesitado de referentes como el de Clara. Los cristianos deberán redescubrir cuál es su centro y tratar de vivir desde él, sin dejarse arrastrar por las modas ideológicas impuestas desde los centros de poder y difundidas por sus medios de comunicación.

Para Clara, lo esencial es seguir el camino de Cristo pobre y crucificado, y en ello pone todo su ser y todas sus fuerzas; el resto está en función de ese seguimiento o no cuenta nada para ella. Así se explica su opción por la pobreza, o mejor, la desapropiación, para quitar todo estorbo que impida o dificulte estar radicada en su centro, en su espejo: Cristo.

Su opción por la contemplación y por la unión esponsal con Cristo, persigue el mismo fin: vivir en Cristo, unida a él, para reinar con él.[5]

A este respecto, dos notas teológicas: Clara contempla la pobreza de Jesucristo no sólo como condición de su vida histórica (Belén-Calvario), sino como rasgo esencial de todo el misterio de Cristo, desde su encarnación hasta su muerte en la cruz y resurrección. La pobreza de Cristo como expresión máxima de su entrega y servicio a los hombres, y manifestación cumbre del amor de Dios Padre. Así, para Clara, vivir como pobres no sólo es carencia de cosas, sino sobre todo entrega y servicio a Dios y a los hermanos. Su servicio a las hermanas, su oración intensa por los hombres, especialmente los más necesitados en el cuerpo y en el alma ("los miembros débiles de la Iglesia"), por su ciudad en medio del peligro (LCl 23), son inseparables de su concepción y vivencia de la pobreza.

El segundo apunte teológico se refiere al cristocentrismo de Clara; debe recordarse que no se trata de un cristomonismo; es decir, su espiritualidad no se reduce a una contemplación única y exclusiva de Cristo, sino que es trinitaria, como ya he aludido. La Trinidad, el Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, alimenta la fe de Clara y es el modelo de vida en San Damián; ella y sus hermanas se reconocen en relación con cada una de las Tres Personas divinas, eso es lo que quieren traducir en las relaciones interpersonales. Esto Clara lo ha aprendido en el Evangelio y, según ella, por medio de Francisco de Asís. Ella, como éste, mantiene un maravilloso equilibrio en su fe cristiana, no fácil de encontrar.

Sobre la autenticidad de Clara, no creo que sea necesario insistir después de haber visto su interés y esfuerzos por mantenerse fiel a la vocación que ha recibido de Dios. Para ella, de nada servían los subterfugios, los atajos, los sucedáneos, aunque se presentasen con envoltorios dignos y apetecibles. Resistirse a abrazar otros caminos, algunos loables y asumibles para otras personas, requiere convicciones y coraje, lo que no le faltaba a Clara, y que nuestra sociedad parece necesitar.

3. CLARA, LA MUJER EVANGÉLICA

La Palabra de Dios atraviesa todos los escritos de Clara marcándolos de manera indeleble. Y en su vida la Palabra de Dios era su alimento diario.

El evangelismo de Clara es patente. Su lectura del Evangelio no se reducía a una lectura material-literal, sino que, inspirada por el Espíritu, perseguía su encarnación en lo cotidiano.

Éste es uno de los rasgos que convierte a Clara en actual. La Palabra de Dios, el Evangelio, nunca pasa de moda, siempre es actual. Clara no sólo escuchó la Palabra, sino que decidida respondió a lo escuchado, en las circunstancias concretas en que vivió. Para todo creyente en el Señor Jesús, su vocación es escuchar esa Palabra viva y poner en acto lo escuchado, la obediencia a la Palabra. Para obedecer a la Palabra, para encarnarla en el aquí y ahora, se requiere una implicación de todas las dimensiones de la persona: sentimientos, inteligencia, memoria y voluntad. En esta encarnación de la Palabra en el presente, también Clara puede ayudarnos como referente.

4. CLARA, LA MUJER QUE VIVE
DESDE LA GRATUIDAD

Hoy parece valorarse lo gratuito, en una flagrante contradicción, pues aparte de raras excepciones, la eficacia y el mercantilismo son lo que prima en el fondo: ahí están las noticias sobre las corrupciones en instituciones y operaciones que el día anterior se presentaban como altruistas en grado sumo. Hace unos veinte años, los voluntarios en cualquier campo social no cobraban; ahora, los empleados de las ONG's cobran un sueldo...

Aparte de estas contradicciones, nuestros contemporáneos aspiran a unas relaciones más gratuitas; así lo revela la labor de tantas personas anónimas a favor de sus semejantes, que no recogen los medios de comunicación.

En la respuesta a este anhelo, Clara también puede iluminar, especialmente a los cristianos, pues en nuestro mundo tan tecnificado, ¿qué lugar ocupa la gracia divina para nosotros? ¿Cómo conjugamos la providencia divina con la técnica y la ciencia, tan necesarias? ¿En la lectura de nuestra historia personal y comunitaria, dejamos entrar a la gracia de Dios?

Clara de Asís, al final de su vida, en su Testamento, ya nos da la clave para entender su coraje, su firmeza, su fidelidad, en definitiva su biografía:

«Entre los otros beneficios que hemos recibido y recibimos cada día de nuestro espléndido benefactor el Padre de las misericordias, y por los que más debemos dar gracias al Padre glorioso de Cristo, está el de nuestra vocación, por la que, cuanto más perfecta y mayor es, más y más deudoras le somos» (TestCl 2-3).

La primera preocupación o urgencia de Clara es reconocer y agradecer a Dios Padre, que todo lo bueno a lo largo de su vida lo ha recibido gratuitamente de Dios, en primer lugar el regalo de la vocación. Confesión taxativa de que su trayectoria personal y comunitaria no ha sido una carrera prometéica, el resultado de sus cualidades y esfuerzos personales (de su tozudez); tampoco el resultado de su bondad natural, ni mucho menos el fruto de un ascetismo extremo que doblega y orienta la voluntad. Ella no atribuye a sus muchas penitencias lo que ha sido y ha hecho a lo largo de su historia, sino a Dios Padre, y no sólo en los principios, sino hasta el final, incluida la buena fama de las hermanas, hoy diríamos el éxito de la experiencia de las hermanas en San Damián:

«Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su misericordia y su gracia mi corazón para que, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro bienaventurado padre Francisco, yo hiciera penitencia, poco después de su conversión, junto con las pocas hermanas que el Señor me había dado poco después de mi conversión, le prometí voluntariamente obediencia, según la luz de su gracia que el Señor nos había dado por medio de su admirable vida y enseñanza [...]» (TestCl 24-26).

Y más adelante, por si no había quedado claro que para ella la gracia de Dios lo es todo y que pide la colaboración del hombre, se lo recuerda con insistencia a las hermanas, para que, no olvidándolo nunca, vivan centradas en lo esencial:

«Amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a todas mis hermanas, las que están y las que han de venir, que se apliquen siempre con esmero a imitar el camino de la santa simplicidad, humildad, pobreza, y también la rectitud de la vida religiosa en común, tal como desde el inicio de nuestra conversión nos lo han enseñado Cristo y nuestro bienaventurado padre Francisco. A causa de lo cual, no por nuestros méritos, sino por la sola misericordia y gracia del espléndido bienhechor, el mismo Padre de las misericordias esparció el olor de la buena fama, tanto entre los que están lejos como entre los que están cerca. Y amándoos mutuamente con la caridad de Cristo, mostrad exteriormente por las obras el amor que tenéis interiormente, para que, estimuladas por este ejemplo, las hermanas crezcan siempre en el amor de Dios y en la mutua caridad» (TestCl 56-60).

Estas palabras de Clara de Asís podrían servir de conclusión. No querría terminar sin recordar que la biografía de Clara y su experiencia cristiana nos enseñan, entre otras cosas, que el Amor de Dios y el amor entre los hombres, destello del primero, son fuerza y vigor, que afirman la personalidad y la autorrealización de cada uno, sin negar la afirmación y la realización del otro, y permiten la construcción del «nosotros». ¿Acaso nuestro mundo no pide esto a gritos?

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N O T A S:

[1] Estas páginas sintetizan la conferencia que pronunció el A. en Zaragoza el 12 de mayo de 2009, con motivo del 775 aniversario de la fundación del Monasterio de Santa Catalina.

[2] Fue declarada «Patrona de la televisión» por Pío XII: Miranda prorsus, del 14 de febrero de 1958. Se inspira en el episodio narrado en LCl 29: una noche de Navidad, Clara estaba en San Damián, y desde la distancia «escuchó» la liturgia en la iglesia de San Francisco.

[3] LCl 14. Proc 1,13 [Sor Pacífica de Guelfuccio de Asís]: «Aseguró también que amaba particularmente la pobreza, y que nunca pudo ser inducida a querer cosa alguna como propia, ni a aceptar posesiones, ni para sí ni para el monasterio.

»Preguntada sobre cómo sabía esto, respondió que vio y oyó cómo messer el papa Gregorio, de santa memoria, le había querido dar muchas cosas, y comprar posesiones para el monasterio, pero ella no había querido acceder jamás».

Proc 2,22 [Sor Bienvenida de Perusa]: «Dijo además que amó tan especialmente la pobreza, que ni el papa Gregorio ni el obispo de Ostia pudieron conseguir nunca que accediese a recibir propiedad alguna. Más aún, la bienaventurada Clara había hecho vender su herencia y darla a los pobres.

»Preguntada cómo lo sabía, respondió que estuvo presente y oyó cuando el dicho señor papa le decía que quisiese aceptar algunas posesiones. Y el papa había ido personalmente al monasterio de San Damián».

Véase también Proc 3,14 (Sor Felipa, hija de messer Leonardo de Gislerio).

[4] Proc 1,6; 1,12; 2,13; 3,9; 2,3; 1,10; 2,1; 6,2.7; LCl 14; 38.

[5] 2CtaCl 10-22; 3CtaCl 10-17; 4CtaCl 14-34.

[En Selecciones de Franciscanismo, vol. XXXIX, n. 116 (2010) pp. 271-280]

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