DIRECTORIO FRANCISCANO
Santa Clara de Asís

LA HERMANA MUERTE
EN LOS ESCRITOS DE SANTA CLARA
En el 750 aniversario de su tránsito

por María Victoria Triviño, o.s.c.

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La muerte es una realidad de la que nadie se puede sustraer. Como se dijo de Moisés, que se fue por el camino que se van todos (Dt 34,5), se ha dicho y se dirá de cada uno de los que hemos llegado a la vida.

Sobre la muerte se puede filosofar.

Sobre la muerte se puede hacer reflexión teológica, y es el objeto de una parte de la dogmática que estudia los novísimos o la escatología.

Es una frontera, una puerta, un paso desde un estado conocido aquí, a otro estado del que tenemos noticia por la revelación. «Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna». Esta es nuestra fe. Esto lo que esperamos. Y cuando la fe se funda en la visión, y la esperanza se diluya en la posesión, quedará el amor. La vida eterna se decide en el juicio por una iluminación, que permite el conocimiento sin velos de Dios y de la propia conciencia.

En la reflexión medieval sobre la muerte se hacían dos propuestas: una negativa, que pretendía mover a conversión subrayando la brevedad de la vida, la caducidad de sus bienes, la angustia de la agonía, la corrupción, etc.; otra positiva que alimentaba la esperanza cristiana, proponiendo la bienaventuranza eterna en el gozo de la resurrección de la carne. De estos dos aspectos se extraía una enseñanza para vivir en el Bien, y la serenidad para morir en la Paz.

Santa Clara escuchó y meditó, sin duda, lo que en su tiempo se enseñaba acerca de la muerte. Sin embargo, cuando ella exhorta en sus escritos, parece no tener en cuenta el aspecto negativo. El camino que vamos a tomar ahora, acompañando a Clara de Asís en el 750 aniversario de su muerte, es el camino franciscano de la humildad y sencillez, de la pobreza y obediencia, el camino de la Belleza, de la contemplación transformante donde la muerte es un encuentro deseado y gozoso.

San Francisco llamó a la muerte «Hermana» y la recibió con una loa. Clara la recibió dando gracias al Padre por haberla creado. Para que tal suceda es preciso hallar la clave de la santa pobreza y desapropiación, o de una humildad original. Lo que Leclerc denomina «un corazón ligero». Pero... «el hombre moderno tiene el corazón pesado. En el camino del poder, por el que se avanza a grandes pasos, el corazón se hace cada vez más pesado. Hay que tener el coraje de reconocerlo: no tenemos el corazón ligero; ni siquiera sabemos lo que es tal cosa». Cristo dijo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso» (Mt 11,28-30). Él quitó la pesada losa que gravitaba sobre nuestro destino, y nosotros nos hemos apresurado a ponerla de nuevo.

El corazón ligero -como se ve con toda claridad en Francisco de Asís- obtiene su fuerza y su serenidad de la relación íntima que mantiene con la fuente de la vida y del ser: Una relación de carácter filial, que le permite comportarse como un niño en presencia del último secreto de las cosas y encontrar su gozo en su Creador.

De ahí esa seguridad última en la existencia que no se deja turbar por nada. Y de ahí también esa feliz confianza, esa alegría divina de existir: «Te doy gracias, Señor, por haberme creado», decía Clara poco antes de morir. «La palabra de Clara es el eco fiel del cántico de Francisco, en el que es inútil buscar la menor huella de angustia, ni siquiera ante la muerte. Es un cántico en el que se refleja el esplendor del amanecer, cuando sale el sol y nadie ha hollado aún el rocío».1

Clara en sus escritos hace mención de la muerte 11 veces. Es lo suficiente para seguir su pensamiento, ya que estas citas son bastante uniformes y espaciadas en el tiempo.

Podemos hacer dos apartados con estos textos: los que contemplan la muerte del Hijo de Dios, y los que se refieren al tiempo de la muerte de Francisco y de Clara.

1. Jesús muere pobre y desnudo

Llegó un momento en que, para la hermana Clara de Asís, la reflexión en torno a la muerte corporal fue absorbida por la contemplación de la muerte del Hijo de Dios. Morir será fijar los ojos en el Crucificado amante, obediente, desnudo, entregado..., y morir con él en un acto de entrega, de obediencia, de desapropiación, de amor esponsal:

«Y en lo alto del mismo espejo contempla la inefable caridad: con ella escogió padecer en el leño de la cruz y morir en él con la muerte más infamante» (4 CtaCl 23).

Por penosas que sean las circunstancias que acompañen a la agonía, nada se puede estimar demasiado humillante, demasiado doloroso, viendo al Hijo de Dios morir con la muerte más infamante. Sabemos que como Fray Rainaldo, acompañando a Clara en su agonía, «la exhortara a soportar con paciencia el prolongado martirio de tan graves enfermedades, ella, con voz clara y serena, le contestó: "Hermano carísimo, desde que conocí la gracia de mi Señor Jesucristo por medio de aquel su siervo Francisco, ninguna pena me resultó molesta, ninguna penitencia gravosa, ninguna enfermedad, hermano carísimo, difícil"» (LCl 44).

La gracia comenzó a transfigurar a Clara desde que conoció a Francisco en los albores de su juventud. Ahora, al llegar al final bien podían cantarle los juglares de Francisco la última estrofa del Cántico de las Criaturas: «Felices los que sufren en paz con el dolor, porque les llega el tiempo de la consolación».

Ya no había para Clara pena molesta ni amargura tan amarga que no se transformase en dulzura. Aquella confesión de la Dama Pobre, realmente preciosa para conocer su fortaleza, su presencia de ánimo, los frutos de su contemplación del Espejo de la eternidad (4 CtaCl), tenemos que agradecerla a la torpeza de Fray Rainaldo. Era «piadoso varón» que en vez de darle consuelo, como hizo Fray Junípero, «la cargaba de palabras superfluas» en tan críticos momentos (cf. 2 CtaCl 8).

Jesús es el Espejo de la eternidad donde Clara mira su rostro para recuperar la imagen y semejanza; él es el Espejo en quien fija su mirada para imitarle; es el Espejo en el que anhela transfigurarse, toda entera, por la comunión de sentimientos. El Espejo tiene tres partes en las que se contempla el Misterio de Cristo: al comienzo se contempla el nacimiento del Señor pobre en Belén; en el centro, la vida pública; y en lo alto, la muerte y resurrección (4 CtaCl).

Cuando Francisco y Clara decían una y mil veces: «Tú eres Humildad», echaban de sí enérgicamente cualquier pretensión, a fin de que la humildad del Hijo de Dios llenara el vaso de su alma.

Cuando decían: «Tú eres Paciencia», les parecía imposible hallar alguna cosa tan penosa que no se pueda soportar con paz.

Cuando decían: «Tú eres Dulzura. Tú eres mansedumbre», sentían que no hay dulzura comparable a la que fluye de la mirada del Señor. Ni cosas tan amargas que no se puedan transformar inmediatamente en dulzura. Al fin, como decía San León Magno: «Y la amargura no es motivada por la manera de actuar de la justicia divina, sino por la maldad humana. Y en este sentido, más hay que deplorar la actitud del que obra el mal que la situación del que tiene que sufrir por causa del malvado, porque al injusto su malicia le hunde en el castigo, en cambio al justo su paciencia le lleva a la gloria. Se promete la posesión de la tierra a los sufridos y mansos, a los humildes y sencillos, y a los que están dispuestos a tolerar toda clase de injusticias».2

Y cuando decían: «Tú eres caridad. Tú eres ternura», quedaban fascinados ante el amor «hasta el extremo» del Salvador (cf. Jn 13,1ss). Y lloraban todas sus lágrimas de compasión, embriagados por la inefable ternura del Hijo de Dios en la pasión y en la cruz.

Si el camino es fijar los ojos, la mente y el corazón en el Hijo de Dios para volverse como él: pobre, humilde, amorosos, mansos..., ¿qué será morir? Será imitar al Esposo teniendo en poco el sufrir, dando gracias y gozando de la proximidad del encuentro:

«Contempla con anhelo de imitar a tu Esposo... muriendo entre atroces angustias en la cruz... si mueres con él en la cruz de la tribulación, poseerás las moradas eternas en el esplendor de los santos» (2 CtaCl 20-21).

Quien persevera en esa contemplación, olvidado de sí, es conducido al abrazo que identifica, como virgen pobre. Y es transfigurado totalmente según la pobreza, humildad, paciencia, mansedumbre, dulzura... del Hijo de Dios. Entonces, iluminado por su inefable caridad, quien muere con él reinará con él: «Recibirás la corona de la inmortalidad» (CtaEr 4).

La muerte en los aspectos negativos está vencida. Será la hermana que abre la puerta de la bienaventuranza. ¡Gozo, santidad, esplendor... para siempre!

Esta es la argumentación de Clara relativa a la muerte, así de sencilla: Hay un Espejo, Cristo pobre. A él se imita en la vida y en la muerte. Con él, en estrecho abrazo, se vive, se muere y se alcanza la bienaventuranza. Los brazos para ese abrazo transfigurador y glorificante son la humildad y pobreza.

Y murió el Señor pobre, humillado y desnudo en el lecho de la cruz. Se moría Francisco desnudo, reclinado en el suelo y la ceniza... Abrasado por su inefable caridad murió el Señor. Abrazada a Cristo pobre, como virgen pobre, en seráfico anhelo moría Clara.

2. Francisco deja en herencia la santa pobreza,
antes y después de su muerte

Otra serie de textos se refieren a la muerte, de Francisco o de Clara, como sustantivo acompañado de un adverbio de tiempo. Pero el común denominador es siempre la santa pobreza del Hijo de Dios que las hermanas, así presentes como futuras, deben abrazar.

a) El legado de Francisco, «antes de su muerte»

El influjo de San Francisco no se cerró con su tránsito. Clara recuerda y escribe que la vida es un camino interior, una evolución mística que tiende al abrazo: «El Hijo de Dios se ha hecho para nosotras camino, y nuestro bienaventurado padre Francisco, verdadero amante e imitador suyo, nos lo ha mostrado y enseñado de palabra y con el ejemplo» (TestCl 5). Él siempre tuvo un amoroso cuidado y una diligente solicitud, acompañando a las hermanas pobres, como a sus damas, en ese caminar que es seguir las huellas del Hijo de Dios (1 Pe 2,21) manso, humilde, pobre...

Francisco poco antes de su muerte les hizo el legado de la Santa Pobreza en un escrito firme y sencillo. Como él se comprometía a guardar la Pobreza «hasta el fin», así pedía que lo hicieran sus damas pobres. Clara lo recoge y lo incrusta en la redacción de su Regla. Piensa que para sus compañeras, las que habían visto las llagas del «verdadero amante del Hijo de Dios» y las que vendrían, nada podría tener tanta fuerza como aquella exhortación testamentaria en forma de testimonio:

«Para que jamás nos apartáramos de la santísima pobreza que habíamos abrazado, ni tampoco las que habían de venir después de nosotras, poco antes de su muerte nos escribió de nuevo su última voluntad diciendo: Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, mis señoras, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza. Y estad muy alerta para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de quien sea» (RCl 6,6ss).

b) El legado de Francisco para después de su muerte

Francisco exhortó a sus Damas Pobres para que después de su muerte... siguieran abrazando la Pobreza del Hijo de Dios como forma de vida. Dejó muchos escritos que no han llegado hasta nosotros, o han llegado en colecciones desconociendo si sus destinatarias fueron las hermanas, o los hermanos:

«No sólo nos exhortó en vida de muchas maneras con su palabra y con su ejemplo al amor y observancia de la santísima pobreza, sino que, además, nos dejó muchos escritos con el fin de que después de su muerte, en manera alguna nos separáramos de ella, así como el Hijo de Dios, mientras vivió en el mundo, jamás quiso separarse de la misma santa pobreza» (TestCl 34-35).

Estas son las referencias de Clara a la muerte de san Francisco. Siempre en relación con la guarda de esta santísima vida y pobreza del Señor y de su Madre pobrecilla. Todavía hay otra cita que transferimos al punto siguiente por desembocar en la exhortación de Clara.

3. Clara conjura la guarda de la pobreza,
después de su muerte

Otras hermanas, después de la muerte de Francisco, claudicaron separándose de la santa pobreza. Estas palabras de Clara, en las que nunca reflexionaremos bastante, revelan el mayor dolor y temor que hubo de sufrir como fundadora y madre:

«Yo Clara..., considerando con las demás hermanas mías nuestra altísima profesión y el mandato de tan gran Padre, así como la fragilidad de otras, que temíamos ver en nosotras mismas después de la muerte de nuestro padre san Francisco, que era nuestra columna y único consuelo y sostén después de Dios...» (TestCl 37-38).

Clara exhorta, más allá de su tiempo, «para que después de mi muerte... ». En verdad, tampoco el influjo de su santidad y de su magisterio se extinguiría después de la muerte. A través del velo transparente sigue inspirando y renovando la fidelidad al abrazo a Cristo Pobre:

«Una y otra vez nos obligamos voluntariamente a nuestra dama la santísima pobreza, a fin de que, después de mi muerte, las hermanas presentes y venideras no puedan apartarse en modo alguno de ella» (TestCl 39).

«Y si sucediera, en algún tiempo, que debiesen abandonar este sitio [San Damián] las sobredichas hermanas y trasladarse a otro, estén sin embargo obligadas a guardar después de mi muerte, dondequiera que se hallen, la sobredicha pobreza, que prometimos a Dios y a nuestro beatísimo Padre Francisco» (TestCl 40).

Las hermanas presentes y las que vendrán a través de los siglos. Todas las hermanas y en todas partes, tanto si permanecen en este lugar [San Damián] como si se trasladan a otro. Siempre y en todo lugar deberán permanecer abrazadas a la Pobreza a ejemplo del Hijo de Dios, según la forma del Evangelio que la Iglesia aprobó a Francisco y a Clara. En vida y en muerte:

«Esta es la excelencia de la altísima pobreza que os ha constituido a vosotras, amadísimas hijas mías, herederas y reinas del reino de los cielos, os ha hecho pobres de cosas y os ha enaltecido en virtudes. Abrazaos a ella totalmente, amadísimas hijas, y por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, ninguna otra cosa queráis tener jamás bajo el cielo» (RCl 8,4).

Abrazaos a Cristo por la altísima pobreza que hace herederos de Dios como hijos, coherederos con Cristo como hermanos y esposas. Y da casa en las moradas eternas, y da la amistad de gente de tan buen trato como los santos en su esplendor. Conjura Clara por el nombre de Jesús. Nombre, que es la persona, poder y señorío, ante el que se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo...

Nada hay más poderoso que la humildad y pobreza del Hijo de Dios; aunque en medio de una sociedad que aposta por el bienestar y la cultura del ocio, no sea fácil de anunciar. Nada hay tan apetecible como la dulzura-fortaleza, en medio de la inseguridad excavada por la violencia. ¿Para qué apetecer otra riqueza? «Lo que se predica por todo el orbe de la tierra no es el Cristo adornado con el poderío terreno, ni el Cristo rico con terrenas riquezas, ni el Cristo resplandeciente por la felicidad terrena, sino al Cristo crucificado. De él se rieron los pueblos soberbios y aún siguen haciéndolo sus restos. Porque cuando se predicó a Cristo crucificado para que creyeran unos pocos frente a la irrisión de los pueblos, andaban los cojos, hablaban los mudos, veían los ciegos, resucitaban los muertos. La terrena soberbia advirtió de ese modo, al fin, que en la tierra entera no había nada más poderoso que la humildad divina. Y así la salubérrima humildad humana pudo defenderse, con el patrocinio de la divina imitación».3

Una vez más comprobamos que, para Clara, la reflexión de la muerte y el legado para después de la muerte, está vinculado a la fidelidad a la pobreza que es simplicidad, humildad, desnudez, mansedumbre, paciencia, desasimiento, caridad, gozo, sencillez... y, en suma, «seguir las huellas» del Señor, aprendiendo el arte de la mansedumbre que transforma lo amargo en dulzura de alma y cuerpo.

4. Clara bendice... «después de mi muerte»

Ya estaba para morir, la Dama Pobre, y avanzaba en el tiempo antes de salir del tiempo. Como madre y fundadora se dispone a impartir la bendición. En ella quiere dispensar todo bien alcanzando a sus devotos y a sus hijas. Más aún, pretende alcanzar a las que son y a las que vendrán:

«Yo Clara, servidora de Cristo y pequeña planta de nuestro padre San Francisco, hermana y madre vuestra y de las demás hermanas pobres, aunque indigna... Os bendigo en mi muerte y después de mi muerte, en cuanto puedo y mucho más de lo que puedo, con todas las bendiciones con que el Padre de las misericordias bendijo a sus hijos e hijas y los bendecirá siempre...» (BenCl 6 y 11-12).

Clara promete una bendición que seguirá activa después de su muerte. Por eso dice bendecir «cuanto puedo y mucho más de lo que puedo». En verdad nos deja una bendición de largo alcance que hasta el día de hoy, en el siglo XXI, alcanza a sus devotos y envuelve a los hijos e hijas. ¿Acaso esto no es una confesión de fe en la vida bienaventurada y en la comunión de los santos? Por si nos quedaba alguna duda de esta ardiente fe que se mueve en el eje que une los tres estados de la Iglesia, la escuchamos cómo asocia y compromete a los santos y santas en esa bendición.

Conclusión

Fascinada por la pobreza, mansedumbre y dulzura del Hijo de Dios en la vida y en la muerte, Clara no busca más espejo ni tiene más pensamiento acerca de la hermana muerte que «morir con él para reinar con él». Ni sabe recomendar otra cosa que la fidelidad en el seguimiento de la humildad y pobreza del Hijo de Dios «hasta el fin».

Esta es la lección para la vida: «Abraza a Cristo pobre como virgen pobre».

Esta es la lección para la muerte: «Si con él morimos reinaremos con él».

Si el decir de Clara sobre la muerte lo miramos a la luz de las palabras que dijo a su hermana sor Inés: «Es del agrado de Dios que yo me vaya...»; más aun, si recordamos sus últimas palabras: «Gracias, Señor, por haberme creado... porque me has cuidado con ternura como la madre al niño pequeñito»..., vemos la unidad rectilínea de toda su vida donde el tránsito es algo natural, previsto, bueno.

Sabe que un día Dios la llamó por su nombre y fue creada con inefable amor. Durante un tiempo, que en nuestro cómputo daría 59 años y ocho meses, caminó con la mirada puesta en el Hijo de Dios. Ahora la muerte era como la llamada del Amante que con deseo deseaba llevarla en sus brazos al festín de bodas. «Es del agrado de Dios que yo me vaya». El mismo amor que la creó y santificó la venía a buscar para regalarle la plenitud de gozo, amor y dulzura.

Se cerraron los ojos de Clara. Guardó silencio el agua, calló el viento, se replegó el fuego en el rescoldo, abrió sus manos la madre tierra... Las estrellas descorrieron el velo y ella se fue a reinar, más allá del sol y la luna. «Clara murió, rodeada de sus hermanas, de los primeros compañeros de Francisco y suyos, en la casa en que había vivido toda su vida. Murió como una reina, o mejor, como una joven esposa que recibe el arreo de la reina madre, aprestándose a reinar con ella».4

Clara enseña el arte de morir dentro de la serenidad y dulzura infinita de Dios.

NOTAS:

1) Eloi Leclerc, El sol sale sobre Asís. Santander, Ed. Sal Terrae, 2000, pp. 137-138.

2) Sermón 95,4-6; PL 54, 462-464. Oficio de Lecturas del Sábado XXII del Tiempo Ordinario.

3) San Agustín, Carta 232-6, Madrid 1944, BAC 99-b, 398.

4) M. Bartoli, Clara de Asís. Oñate (Guipúzcoa), Ed. Franciscana Aránzazu, 1992, p. 265.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XXXIII, n. 97 (2004) 38-46]

De los escritos de Santa Clara

De la segunda Carta de Clara a Inés de Praga (2 CtaCl 17-23):

Y si alguien te dijera otra cosa o te sugiriera otra cosa, que impida tu perfección o que parezca contraria a la vocación divina, aunque debas venerarlo, no quieras, sin embargo, seguir su consejo, sino, virgen pobre, abraza a Cristo pobre.

Míralo hecho despreciable por ti y síguelo, hecha tú despreciable por Él en este mundo. Reina nobilísima, mira atentamente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres, que, por tu salvación, se ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de múltiples formas en todo su cuerpo, muriendo en medio de las mismas angustias de la cruz.

Si sufres con Él, reinarás con Él; si lloras con Él, gozarás con Él; si mueres con Él en la cruz de la tribulación, poseerás con Él las mansiones celestes en el esplendor de los santos, y tu nombre será inscrito en el libro de la vida, y será glorioso entre los hombres. Por lo cual, participarás para siempre y por los siglos de los siglos, de la gloria del reino celestial a cambio de las cosas terrenas y transitorias, de los bienes eternos a cambio de los perecederos, y vivirás por los siglos de los siglos.

De la cuarta Carta de Clara a Inés de Praga (4 CtaCl 9-39):

Ahora, al escribir a tu caridad, me alegro mucho y salto de júbilo contigo en el gozo del Espíritu, oh esposa de Cristo, porque tú, como la otra virgen santísima, santa Inés, habiendo renunciado a todas las vanidades de este mundo, te has desposado maravillosamente con el Cordero inmaculado, que quita los pecados del mundo.

Feliz ciertamente aquella a quien se le concede gozar de este banquete sagrado, para que se adhiera con todas las fibras del corazón a Aquel cuya hermosura admiran sin cesar todos los bienaventurados ejércitos celestiales, cuyo afecto conmueve, cuya contemplación reconforta, cuya benignidad sacia, cuya suavidad colma, cuya memoria ilumina suavemente, a cuyo perfume revivirán los muertos, y cuya visión gloriosa hará bienaventurados a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial: puesto que Él es el esplendor de la eterna gloria, el reflejo de la luz eterna y el espejo sin mancha.

Mira atentamente a diario este espejo, oh reina, esposa de Jesucristo, y observa sin cesar en él tu rostro... Ahora bien, en este espejo resplandece la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como, con la gracia de Dios, podrás contemplar en todo el espejo.

Considera, digo, en el principio de este espejo, la pobreza de Aquel que es puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh asombrosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es acostado en un pesebre.

Y en medio del espejo, considera la humildad, al menos la bienaventurada pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que soportó por la redención del género humano.

Y al final del mismo espejo, contempla la inefable caridad, por la que quiso padecer en el árbol de la cruz y morir en el mismo del género de muerte más ignominioso de todos. Por eso, el mismo espejo, puesto en el árbol de la cruz, advertía a los transeúntes lo que se tenía que considerar aquí, diciendo: ¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor!; respondamos, digo, a una sola voz, con un solo espíritu, a quien clama y se lamenta con gemidos: ¡Me acordaré en mi memoria, y mi alma se consumirá dentro de mí! ¡Ojalá, pues, te inflames sin cesar y cada vez más fuertemente en el ardor de esta caridad, oh reina del Rey celestial!

Además, contemplando sus indecibles delicias, sus riquezas y honores perpetuos, y suspirando a causa del deseo y amor extremos de tu corazón, grita: ¡Llévame en pos de ti, correremos al olor de tus perfumes, oh esposo celestial! Correré, y no desfalleceré...

Que os vaya bien, carísima hija, a ti y a tus hijas, y hasta el trono de gloria del gran Dios, y orad por nosotras.

De la Carta de Clara a Ermentrudis de Brujas (5 CtaCl 4-13):

Carísima, sé fiel hasta la muerte a Aquel a quien te has prometido, pues serás coronada por él con la corona de la vida. Breve es aquí nuestro trabajo, la recompensa, en cambio, eterna; que no te confunda el estrépito del mundo que huye como una sombra; que no te hagan perder el juicio los vanos fantasmas de este siglo falaz; cierra los oídos a los silbidos del infierno y, fuerte, quebranta sus embestidas; soporta de buen grado los males adversos, y que los bienes prósperos no te ensoberbezcan: pues estos piden fe, y aquellos la exigen; cumple con fidelidad lo que has prometido a Dios, y Él te retribuirá.

Oh carísima, mira al cielo que nos invita, y toma la cruz y sigue a Cristo, que nos precede; porque, tras diversas y numerosas tribulaciones, por él entraremos en su gloria. Ama con todas tus entrañas a Dios y a Jesús, su Hijo, crucificado por nosotros pecadores, y que su memoria no se aparte nunca de tu mente; procura meditar continuamente los misterios de la cruz y los dolores de la madre que está de pie junto a la cruz. Ora y vela siempre. Y la obra que has comenzado bien, llévala a cabo con empeño, y cumple el ministerio que has asumido en santa pobreza y en humildad sincera.

De la Regla de Santa Clara (RCl 6,2-8):

El bienaventurado padre Francisco, considerando que no teníamos miedo a ninguna pobreza, trabajo, tribulación, menosprecio y desprecio del siglo, antes al contrario, que los teníamos por grandes delicias, movido a piedad, escribió para nosotras una forma de vida...

Y para que jamás nos apartásemos de la santísima pobreza que habíamos abrazado, ni tampoco lo hicieran las que tenían que venir después de nosotras, poco antes de su muerte de nuevo nos escribió su última voluntad diciendo: «Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, mis señoras, y os doy el consejo de que siempre viváis en esta santísima vida y pobreza. Y protegeos mucho, para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de alguien».

Del Testamento de Santa Clara (TestCl 30-52):

Y así, por voluntad de Dios y de nuestro bienaventurado padre Francisco, fuimos a morar junto a la iglesia de San Damián...

Después, escribió para nosotras una forma de vida, sobre todo para que perseveráramos siempre en la santa pobreza. Y no se contentó con exhortarnos durante su vida con muchas palabras y ejemplos al amor de la santísima pobreza y a su observancia, sino que nos entregó varios escritos para que, después de su muerte, de ninguna manera nos apartáramos de ella, como tampoco el Hijo de Dios, mientras vivió en el mundo, jamás quiso apartarse de la misma santa pobreza. Y nuestro bienaventurado padre Francisco, habiendo imitado sus huellas, su santa pobreza que había elegido para sí y para sus hermanos, no se apartó en absoluto de ella mientras vivió, ni con su ejemplo ni con su enseñanza.

Así pues, yo, Clara, sierva, aunque indigna, de Cristo y de las hermanas pobres del monasterio de San Damián, y plantita del santo padre, considerando con mis otras hermanas nuestra profesión tan altísima y el mandato de tan gran padre, y también la fragilidad de las otras, fragilidad que nos temíamos en nosotras mismas después de la muerte de nuestro padre san Francisco, que era nuestra columna y nuestro único consuelo después de Dios, y nuestro apoyo, una y otra vez nos obligamos voluntariamente a nuestra señora la santísima pobreza, para que, después de mi muerte, las hermanas que están y las que han de venir de ninguna manera puedan apartarse de ella.

Y así como yo siempre he sido diligente y solícita en guardar y hacer guardar por las otras la santa pobreza que hemos prometido al Señor y a nuestro bienaventurado padre Francisco, así también aquellas que me sucedan en el oficio estén obligadas hasta el fin a guardar y a hacer guardar, con el auxilio de Dios, la santa pobreza...

Y si en algún tiempo ocurriera que dichas hermanas abandonaran el mencionado lugar [San Damián] y se trasladaran a otro, que estén, sin embargo, obligadas, dondequiera que se encuentren después de mi muerte, a guardar la sobredicha forma de pobreza, que hemos prometido a Dios y a nuestro bienaventurado padre Francisco.

De la Bendición de Santa Clara (BenCl 6-13):

Yo, Clara, sierva de Cristo, plantita de nuestro muy bienaventurado padre san Francisco, hermana y madre vuestra y de las demás hermanas pobres, aunque indigna, ruego a nuestro Señor Jesucristo, por su misericordia y por la intercesión de su santísima Madre santa María, y del bienaventurado Miguel arcángel y de todos los santos ángeles de Dios, de nuestro bienaventurado padre Francisco y de todos los santos y santas, que el mismo Padre celestial os dé y os confirme ésta su santísima bendición en el cielo y en la tierra: en la tierra, multiplicándoos en su gracia y en sus virtudes entre sus siervos y siervas en su Iglesia militante; y en el cielo, exaltándoos y glorificándoos en la Iglesia triunfante entre sus santos y santas.

Os bendigo en vida mía y después de mi muerte, como puedo y más de lo que puedo, con todas las bendiciones con las que el Padre de las misericordias ha bendecido y bendecirá a sus hijos e hijas en el cielo y en la tierra, y con las que el padre y la madre espiritual ha bendecido y bendecirá a sus hijos e hijas espirituales. Amén.

Relato de la muerte de Santa Clara
según la «Leyenda de Santa Clara»
(LCl nn. 39-48)

Había corrido Clara durante cuarenta años en el estadio de la altísima pobreza, y he aquí que, precedida de múltiples dolores, se acercaba ya al premio de la llamada suprema. Y es que el vigor de su constitución física, castigado en los primeros años por la austeridad de la penitencia, fue vencido en los últimos tiempos por una cruel enfermedad; y así, la que estando sana se había enriquecido con los méritos de sus obras, estando enferma se enriquecía con los méritos de sus sufrimientos.

Hasta qué punto su maravillosa virtud se acrisoló en la enfermedad se manifiesta principalmente en que durante veintiocho años de continuo dolor no resuena en sus labios una murmuración ni una queja; por el contrario, a todas horas brotan de sus labios santas palabras, a todas horas acciones de gracias.

Y aunque, rendida por el peso de las enfermedades, parecía que era inminente su fin, plugo, sin embargo, al Señor retrasar su tránsito hasta el momento en que pudiese ser exaltada con dignos honores por la Iglesia romana, de la que era hechura e hija singular. Es el caso que, mientras el Sumo Pontífice con los cardenales se demoraba en Lyón, Clara empezó a sentirse más apretada que de costumbre por su enfermedad, y la espada de un dolor sin medida atormentaba las almas de sus hijas. (...)

Y he aquí que a poco llegó la Curia romana a Perusa. Enterado el señor Ostiense de que la gravedad iba en aumento, se apresura a visitar desde Perusa a la esposa de Cristo, de la cual había sido por oficio, padre; por la atención, mentor; por afecto purísimo, siempre devoto amigo. Alimenta a la enferma con el sacramento del Cuerpo del Señor, alimenta también a las demás con la exhortación de una saludable plática.

Suplica ella con lágrimas a este padre únicamente que, por el nombre de Cristo, tome bajo su amparo su alma y las de las otras damas. Pero sobre todo le pide que le obtenga del señor Papa y de los cardenales la confirmación del privilegio de la pobreza; lo que aquel fidelísimo amigo de la Orden, cual lo prometió de palabra, lo realizó en los hechos. (...)

Se apresura ya la divina Providencia a cumplir sus propósitos respecto a Clara; se apresura Cristo a sublimar al palacio del reino soberano a la pobre peregrina. Ansía ya ella y suspira con todo su anhelo verse libre de este cuerpo de muerte (cf. Rm 7,24) y contemplar en las etéreas mansiones a Cristo reinante, a quien pobre en la tierra, ella, pobrecilla, ha seguido de todo corazón. Y he aquí que a sus benditos miembros, deshechos ya por viejas dolencias, se les suma una extrema debilidad, que presagia su próxima llamada hacia el Señor y le prepara el camino de la salud eterna.

Se da prisa el señor Inocencio IV, de santa memoria, juntamente con los cardenales, por visitar a la sierva de Cristo, y no duda en honrar con su presencia papal la muerte de aquella cuya vida había comprobado tan superior a la de las demás mujeres de nuestro tiempo. Entrando en el monasterio, se dirige al lecho y acerca su mano a los labios de la enferma para que la bese. (...)

Pide luego Clara con rostro angelical al Sumo Pontífice la remisión de todos sus pecados. Y él exclama: «¡Ojalá no tuviera yo más necesidad de perdón!»; y le imparte, con el beneficio de una total absolución, la gracia de una bendición amplísima. Cuando todos se retiran, como aquel día había recibido también de manos del ministro provincial la sagrada Hostia, levantados los ojos al cielo y juntas las manos hacia Dios, dice con lágrimas a sus hermanas: «Hijitas mías, alabad al Señor, ya que Cristo se ha dignado concederme hoy tales beneficios, que cielo y tierra no se bastarían para pagarlos. Hoy -prosiguió- he recibido al Altísimo y he merecido ver a su Vicario».

Rodean el lecho de su Madre aquellas hijas que muy pronto quedarán huérfanas, cuyas almas atravesaba una espada de dolor.

No las retrae el sueño, no las aparta el hambre; sino que, olvidadas del lecho y de la mesa, día y noche tan sólo piensan en llorar. Entre ellas, la devota virgen Inés, saturada de amargas lágrimas, le dice insistentemente a su hermana que no se marche abandonándola a ella. Le responde Clara: «Hermana carísima, es del agrado de Dios que yo me vaya; mas tú cesa de llorar, porque llegarás ante el Señor en seguida de mí, y Él te concederá un gran consuelo antes de que me aparte de ti».

Se la ve, finalmente, debatirse en la agonía durante muchos días, en los que va en aumento la fe de las gentes y la devoción de los pueblos. La visitan asiduamente cardenales y prelados honrándola cada día como a verdadera santa. Y es ciertamente admirable que, no pudiendo tomar alimento alguno durante diecisiete días, la vigorizaba el Señor con tanta fortaleza, que podía ella confortar en el servicio de Cristo a cuantos la visitaban. Y como el piadoso varón fray Rainaldo la exhortara a la paciencia en aquel prolongado martirio de tan graves enfermedades, ella, con voz clara y serena, le contestó: «Desde que conocí la gracia de mi Señor Jesucristo por medio de aquel su siervo Francisco, ninguna pena me resultó molesta, ninguna penitencia gravosa, ninguna enfermedad, hermano carísimo, difícil».

Mostrándose ya más cerca el Señor, y como si ya estuviera a la puerta, quiere que le asistan los sacerdotes y los hermanos espirituales, para que le reciten la pasión del Señor y sus santas palabras. Cuando aparece entre ellos fray Junípero, notable saetero del Señor, que solía lanzar ardientes palabras sobre Él, inundada de renovada alegría, pregunta si tiene a punto alguna nueva. Él, abriendo su boca, desde el horno de su ferviente corazón, deja salir las chispas llameantes de sus dichos, y en sus palabras la virgen de Dios recibe gran consuelo.

Vuélvese finalmente a las hijas que lloran para recomendarles la pobreza del Señor y les recuerda con ponderación los beneficios divinos. Bendice a sus devotos y devotas e implora la gracia de una larga bendición sobre todas las damas pobres de sus monasterios, tanto presentes como futuros.

Están presentes aquellos dos benditos compañeros del bienaventurado Francisco: Ángel el uno, que, lloroso él, consuela a las que lloran; León el otro, que besa el lecho de la moribunda. Plañen las hijas desamparadas ante la separación de la piadosa madre y acompañan con lágrimas a quien se les va y no han de ver más en la tierra. (...)

Entretanto, la virgen santísima, vuelta hacia sí misma, habla quedamente a su alma: «Ve segura -le dice-, porque llevas buena escolta para el viaje. Ve -añade-, porque aquel que te creó te santificó; y, guardándote siempre, como la madre al hijo, te ha amado con amor tierno. Tú, Señor -prosigue-, seas bendito porque me creaste».

Preguntándole una de las hermanas que a quién hablaba, ella le respondió: «Hablo a mi alma bendita». No estaba ya lejano su glorioso tránsito, pues, dirigiéndose luego a una de sus hijas, le dice: «¿Ves tú, ¡oh hija!, al Rey de la gloria a quien estoy viendo?»

La mano del Señor se posó también sobre otra de las hermanas, quien con sus ojos corporales, entre lágrimas, contempló esta feliz visión: estando en verdad traspasada por el dardo del más hondo dolor, dirige su mirada hacia la puerta de la habitación, y he aquí que ve entrar una procesión de vírgenes vestidas de blanco, llevando todas en sus cabezas coronas de oro. Marcha entre ellas una que deslumbra más que las otras, de cuya corona, que en su remate presenta una especie de incensario con orificios, irradia tanto esplendor que convierte la noche en día luminoso dentro de la casa. Se adelanta hasta el lecho donde yace la esposa de su Hijo e, inclinándose amorosísimamente sobre ella, le da un dulcísimo abrazo. Las vírgenes llevan un palio de maravillosa belleza y, extendiéndolo entre todas a porfía, dejan el cuerpo de Clara cubierto y el tálamo adornado.

A la mañana siguiente, pues, del día del bienaventurado Lorenzo, sale aquella alma santísima para ser laureada con el premio eterno; y, disuelto el templo de su carne, el espíritu emigra felizmente a los cielos. Bendito este éxodo del valle de miseria que para ella fue la entrada en la vida bienaventurada. Ahora, a cambio de sus austerísimos ayunos, se alegra en la mesa de los ciudadanos del cielo; y desde ahora, a cambio de la vileza de las cenizas, es bienaventurada en el reino celeste, condecorada con la estola de la eterna gloria.

La noticia del tránsito de la virgen Clara conmovió de inmediato, con impresionante resonancia, a toda la ciudad.

Acuden en tropel los hombres, acuden en masa las mujeres al lugar, y es tal la marea de gente que afluye, que la ciudad parece desierta. (...)

Al día siguiente se pone en movimiento toda la Curia: el Vicario de Cristo, con los cardenales, llega al lugar, y toda la población se encamina hacia San Damián. Era justo el momento en que iban a comenzar los oficios divinos y los frailes iniciaban el de difuntos; cuando, de pronto, el señor papa dice que debe rezarse el oficio de las vírgenes, y no el de difuntos, como si quisiera canonizarla antes aún de que su cuerpo fuera entregado a la sepultura. Observándole el eminentísimo señor Ostiense que en esta materia se ha de proceder con prudente demora, se celebra por fin la misa de difuntos. (...)

Al final, considerando que ni es seguro ni conveniente que tan inestimable tesoro quede a trasmano de los ciudadanos, en medio de himnos y cánticos, entre sones de trompeta y júbilo extraordinario, la levantan y la conducen con todo honor a San Jorge.

Este es el mismo lugar donde el cuerpo del santo padre Francisco había sido enterrado primeramente, como si quien le había trazado mientras vivía el camino de la vida, le hubiese preparado como por presagio el lugar de descanso para cuando muriera. Muy pronto comenzó a acudir al túmulo de la virgen Clara gran concurrencia de pueblo que alababa a Dios...

Al cabo de pocos días, Inés, llamada a las bodas del Cordero, siguió a su hermana Clara a las eternas delicias; allí entrambas hijas de Sión, hermanas por naturaleza, por gracia y por reinado, exultan en Dios con júbilo sin fin.

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