DIRECTORIO FRANCISCANO
Temas de estudio y meditación

Capítulo VII
MARÍA, SIGNO DEL AMOR DEL PADRE


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1. Una estrella en el camino

El camino de la fe es el camino de la vuelta al Padre. Es el camino que recorremos todos los creyentes, desde el momento en que el Padre nos regala el don de la vida y deja inscrita en nosotros, como su firma, el ansia de regresar a su seno para verle cara a cara: «Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (San Agustín, Confesiones, 1,1).

Ese camino, revelado en plenitud por Cristo, ha sido recorrido por María, la primera discípula, que ya ha llegado a la casa del Padre y nos muestra la posibilidad del seguimiento desde la debilidad de la condición humana.

Pero, al realizar este camino de forma ejemplar, María nos ha desvelado también en su misterio cotidiano un lado inédito y casi inexplorado del mismo Dios, cuyas entrañas se describen en el Antiguo Testamento con las imágenes de una mujer que se conmueve, agita, gime y da a luz, quedando atada para siempre a su criatura. María nos muestra permanentemente el rostro maternal del Padre amoroso y compasivo, cuya misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Por saber ser hija, Dios le ha concedido ser testigo e icono de su paternidad.

De ahí que los cristianos, al recorrer ese itinerario, largo y a veces incomprensible, de nuestra fe personal y también de la fe de nuestra comunidad eclesial, necesitemos volver nuestra mirada a María, testigo de la misericordia de Aquel que está al final del camino. Ella nos hace comprender también nuestro destino de hijos y testigos.

2. «Lanza gritos de gozo, hija de Sión» (Sof 3,14; Lc 1,46-55)

María nace en el seno de una comunidad creyente, es hija de Israel. Su historia es la historia concreta de un pueblo que conoce la esclavitud, la tribulación por el desierto, su infidelidad, el destierro… Pero, sobre todo, de un pueblo que conoce la Alianza de Dios, su promesa de salvación universal y su fidelidad misericordiosa de generación en generación. Desde pequeña ha aprendido a conocer y esperar en Yahvé como su salvador. Es heredera de una tradición que ha visto cómo el designio salvífico de Dios se revelaba en sus mujeres, Sara, Rebeca, Raquel, Miriam, Débora, Ana, Judit, Esther… como anuncio del cumplimiento de la promesa hecha a Eva.

En María se encarna y condensa, sobre todo, la historia del Resto de Israel, de esos pobres de Yahvé que ya no tienen nada que perder y por ello lo esperan todo del Señor; que no tienen dónde agarrarse y por ello están siempre abiertos a la acción de Dios en sus vidas: «Yo dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y en el nombre de Yahvé se cobijará el resto de Israel. Lanza gritos de gozo, hija de Sión, lanza clamores, Israel, alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén» (Sof 3,12-14).

María representa el ansia de plenitud del cumplimiento de la promesa, ansia generada en ese pequeño rebaño que ha creído en Yahvé. Ella ha experimentado el amor de Dios, ese amor misericordioso que la hace siempre nueva, convirtiéndola en la joven virgen con quien el mismo Dios quiere desposarse. Por eso, en María se va a suprimir el pasado adúltero de Israel y va a comenzar una historia nueva, virgen; un pueblo nuevo, la Iglesia. Dice una profecía de Oseas: «Yo te desposaré conmigo para siempre, te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahvé» (Os 2,21-22). Este anuncio se cumple en María, quien lo proclama con gozo en el Magníficat (cf. Lc 1,46-55).

María nos hace ver que nosotros, como creyentes, somos también hijos de un pueblo, del pueblo de Dios; y además, de lo mejor de ese pueblo: del amor de Dios creído y experimentado, de la confianza en él a través de todas las dificultades. Una larga cadena de creyentes, la mayoría anónimos y sencillos, nos ha ido transmitiendo la experiencia de Dios. De ahí que digamos con Pablo: «Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho compartir la herencia del pueblo santo en la luz» (Col 1,12). Pero también, como sucedió en María, se espera de nosotros que seamos capaces de asumir esa tradición, purificarla y transmitirla a otros. Dios espera de nosotros que seamos capaces de hacer una Iglesia más esposa fiel del Señor, una Iglesia que reconozca el amor y responda con amor.

3. «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,26-38)

En el momento histórico de la Anunciación, la promesa se hace historia; la Palabra se hace carne. Ese momento histórico y concreto, que acontece en el corazón y en la carne de María, es el comienzo en el tiempo de la misión del Hijo y del Espíritu Santo. Por eso María, en la encarnación, es la primera que conoce a Yahvé como misterio trinitario; y, durante un tiempo, sólo ella conocerá este misterio. Yahvé es el Padre de Aquel que ella ha aceptado llevar en su seno. Y el poder del Altísimo que la fecunda es el Espíritu Santo. La respuesta confiada y libre de María nos abre al conocimiento de la intimidad de Dios: la comunión trinitaria.

Y este conocimiento tan profundo de Dios implica el descubrimiento de la riqueza insondable de su amor, que no sólo se realiza en las relaciones intradivinas, sino que desea encontrarse también con cada ser humano. El encuentro con María revela el misterio del amor de Dios: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Ante la revelación suprema del amor, María responde también con amor total. Porque ella no dice simplemente «sí», sino «hágase tu voluntad», como una aceptación de lo desconocido, como un acto de entrega incondicional a Aquél por quien es amada. María puede decir «hágase tu voluntad», no porque la conoce, sino porque ama mucho. Su respuesta es posible porque, ante la llamada del Padre, no se mira a sí misma, ni mide sus fuerzas, sino que se fía de él. Y en este diálogo amoroso se va gestando una armonía de voluntades que permite que el abandono y la confianza en el Otro se encarne en lo cotidiano. Es la aceptación de un itinerario no marcado, donde la entrega mutua se renueva en cada instante y se entremezcla con un discernimiento no exento de dudas y dificultades.

En María comprendemos que todo nuestro itinerario es también una historia de amor. Una historia en la que la iniciativa ha sido del otro, que se nos revela y nos invita a la confianza. En la medida en que somos capaces de fiarnos de Él y nos abandonamos a sus designios, Él nos va descubriendo cada día más el insondable misterio de su amor. Pero no somos nosotros los que hemos de marcar ni el modo ni el ritmo: hemos de aceptar «ser llevados», y, además, por caminos no siempre previstos ni comprendidos. Y es que el amor siempre exige morir a mí mismo.

4. «Y a ti misma una espada te atravesará el alma» (Lc 2,33-35)

Durante la gestación, la Palabra que habita en el seno de María va cubriéndose de huesos, nervios, carne, piel. Pero la maternidad de María no acaba en el parto. La maternidad de María es un «sí» constante, una continua donación, no sólo de vida física, sino de algo más. Es la donación de un modo de ser humano. María es aquella que enseña a Jesús a ser humano: le enseña a sonreír, a hablar, a responder, a rezar… le enseña la intimidad, la ternura… le enseña a mirar y a vivir. Jesús aprende a querer. Es Dios que se deja ser humano por y en un ser humano.

Esta historia rutinaria propia de cualquier madre, en María va entrelazada con la experiencia de saberse elegida por Dios para una misión que no siempre entiende. El «no temas» del anuncio del ángel recorre toda esta historia desde Nazaret hasta la cruz. Porque a María le alcanzará también la espada de la prueba y la duda. Así se lo profetiza Simeón: «Y a ti misma, una espada te atravesará el alma» (Lc 2,35). En efecto, la experiencia de su maternidad es una experiencia ambivalente en el tiempo. Por una parte, durante el largo tiempo que dura la gestación y después, la vida oculta de Jesús, María descubre muchas veces cómo se ratifica la elección de Dios. Pero por otra parte, el tiempo parece jugar en contra: a medida que el acontecimiento de la anunciación se aleja, el tiempo se convierte en desierto, y como en la historia de Abrahán o del Éxodo, la voluntad de Dios se desdibuja a pesar de la promesa. El período que transcurre desde la promesa hasta el cumplimiento, es un tiempo de prueba y también, como Jesús en el desierto, el tiempo de la tentación.

Entre los momentos de desconcierto por las maneras de cumplirse la voluntad del Padre, se encuentran las tres ocasiones en que Jesús, en presencia de María, cambia los parentescos. La primera es el episodio de Jesús adolescente en el Templo: «Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando. Él les dijo: Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2,48-49). La segunda sucede en pleno ministerio público de Jesús: «Llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar… Le dicen: "Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan". Él les responde: "¡Quién es mi madre y mis hermanos?" Y mirando en torno a los que estaban sentados a su alrededor, dice: "Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre"» (Mc 3,31-35). Este aparente despego de Jesús, que imaginamos muy duro para su madre, nos descubre una maternidad vivida en tensión: un hijo que es y no es al mismo tiempo. Y este cuestionamiento de las certezas más profundas de los lazos de la carne por las exigencias de la voluntad del Padre, avanza de modo progresivo hasta alcanzar su culmen en el Calvario. «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26). Y María acepta el cambio. A los pies de la cruz, María, unida perfectamente a Cristo en su despojamiento, manifiesta el amor incondicional que no abandona nunca.

Toda la obra de la redención tiene como finalidad el hacernos verdaderos hijos. María es la hija perfecta del Padre, que nos enseña a ser hijos por su identificación total de su Hijo en la cruz. Allí se inaugura un orden nuevo, en el que los que aman y cumplen la voluntad de Dios son la madre y los hermanos de Jesús, y donde la madre de Jesús es la madre de los que la cumplen. Como su Hijo, María «aprendió sufriendo a obedecer» (Hb 5,8), enseñándonos así que sólo la cruz hace verdaderos hijos.

Y también en esto, por saber ser hija, se convertirá en madre: la hija dolorosa se convertirá en madre de todos los que sufren.

5. «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,1-12)

Las bodas de Caná se sitúan en la primera semana del ministerio de Jesús, y prefiguran la última. En Caná, María cumple la misión de acercar el Salvador a los necesitados de salvación. Por una parte, muestra a Jesús la necesidad del mundo: «No tienen vino», es decir, son incapaces de amar porque les falta el Espíritu. Pero, por otra, dirige la mirada de los hombres hacia el dador de la vida y autor de la salvación: «Haced lo que él os diga». De este modo, propicia el encuentro salvador convirtiéndose en intercesora, en «Madre de misericordia».

Pero sólo al pie de la cruz descubrirá el costo de esta sublime misión: la restauración de la amistad entre Dios y los hombres le va a suponer a María, como a Jesús, ser víctima. Para ser madre de amor es preciso convertirse en ofrenda de amor.

El proceso que vemos en María, su paso de hija a madre, de receptora del amor de Dios a transmisora del mismo amor, se cumple también en cada uno de los creyentes. Todos somos llamados a ser hijos de Dios e instrumentos de su paternidad. Pero, como en María, la participación en la paternidad de Dios nos exige «darlo todo», hasta el extremo; nadie puede dar vida sin dar «su» vida. Es la ley que hemos descubierto en Jesús: si no quieres sufrir, no ames, pero, si no amas… ¿para qué quieres vivir?

6. Reunidos con María (Hch 1,12-14)

«Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch 1,14). Después de haber visto al Resucitado, los discípulos esperan en oración la llegada del Espíritu. Y no saben hacerlo sin la presencia de María, recuerdo vivo, imagen perfecta de Jesús.

En Caná, en el Calvario, en Pentecostés, María aparece acompañando a los discípulos. Y, de escena en escena, su función se va desvelando y enriqueciendo. En Caná comenzó como madre humana de Jesús y acabó siendo intermediaria de la salvación. En el Calvario, al identificarse con la suprema entrega de Jesús, se convirtió en madre de los discípulos, engendradora de creyentes. En Pentecostés, cuando el Espíritu que ella poseía desde el principio se difunde sobre los apóstoles, se transforma en portadora del Espíritu para los demás, en «Madre de la Iglesia».

Toda esta trayectoria personal de María nos descubre la función de la Iglesia, a la que ella encarna y representa: ser mediadora, madre de creyentes, transmisora de la vida del Espíritu. Pero desde el servicio y la entrega, desde la asociación a la muerte de Jesús. La Iglesia, como María, está llamada a ser fuente de amor, canal por el que llega el amor del Padre. Y, para ello, necesita ser también testigo y ejemplo de amor.

María, la excelsa hija de Sión, ayuda a todos los hijos, donde y como quiera que vivan, a encontrar en Cristo el camino hacia la casa del Padre; ella es «Hodoghitria», «indicadora del camino» como expresa bellamente la iconografía de Oriente y Occidente. Pero es también algo más: icono de la meta, signo y representación viva del amor del Padre que nos espera.

Oración (Juan Pablo II)

Oh Virgen santísima,
madre de Cristo y madre de la Iglesia,
con alegría y admiración
nos unimos a tu Magníficat,
a tu canto de amor agradecido.

Tú que has sido,
con humildad y magnanimidad,
«la esclava del Señor»,
danos tu misma disponibilidad
para el servicio de Dios
y para la salvación del mundo.

En tu corazón de madre
están siempre presentes los muchos peligros
y los muchos males
que aplastan a los hombres y mujeres
de nuestro tiempo.
Pero también están presentes
tantas iniciativas de bien,
las grandes aspiraciones a los valores,
los progresos realizados
en el producir frutos abundantes de salvación.

Virgen valiente,
inspira en nosotros fortaleza de ánimo
y confianza en Dios,
para que sepamos superar
todos los obstáculos que encontremos
en el cumplimiento de nuestra misión.

Virgen madre,
guíanos y sosténnos para que vivamos siempre
como auténticos hijos e hijas
de la Iglesia de tu Hijo
y podamos contribuir a establecer sobre la tierra
la civilización de la verdad y del amor,
según el deseo de Dios
y para su gloria. Amén.

* * * * *

Sugerencias para la oración personal

¿Orar a la Virgen? ¿Por qué no? Los cristianos del siglo II ya se dirigían a María, con esta hermosa plegaria, la más antigua que conocemos:

«Bajo tu protección nos acogemos,
santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades;
antes bien, líbranos de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita».

María, es nuestra madre; María está junto a su Hijo y junto al Padre; ¿cómo no les va a pedir por nosotros? Y cuando las mujeres se empeñan… Ya lo vimos en las Bodas de Caná.

¿Y a los santos? En una de las visiones del cielo que aparecen en el libro del Apocalipsis se dice: «Los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos» (Ap 5,8). Los que ya disfrutan de la gloria de Dios participan plenamente de su amor hacia todos los hombres y, por ello, interceden constantemente por ellos. A nosotros nos es dado invocarles para que suplan la pobreza de nuestra oración. De este modo, se hace efectivo ese intercambio maravilloso de méritos que la Iglesia llama «comunión de los santos».

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