DIRECTORIO FRANCISCANO
Temas de estudio y meditación

DISCÍPULOS DE JESÚS

por Miguel Payá Andrés


.

CAPÍTULO VIII

LA MADRE DE JESÚS

María no es una especie de añadidura piadosa y sentimental al evangelio. Su persona forma parte esencial de la vida de Jesús y de su misión. En ella Dios ha realizado cosas que nos afectan a todos. Y, además, a través de ella Dios nos quiere decir cosas que importan mucho a nuestra vida. En una palabra, María es también, junto a Jesús, evangelio de Dios para nuestra salvación, «Buena Noticia» para la humanidad.

Ante todo, porque es la madre de Jesús y, como tal, el lugar donde se realizó el misterio de la encarnación. Su función maternal nos permite descubrir la verdad del Verbo de Dios que asume la naturaleza humana, sin destruirla, en la unidad de la persona divina. Y por esta relación tan íntima con el misterio de Cristo, María ocupa también un lugar privilegiado y único en la vida de la Iglesia y de cada uno de los creyentes. Ella es la primera y la más perfecta discípula de Cristo, modelo de fe y espejo en que se mira todo el pueblo de Dios. Ella, por voluntad expresa de Cristo, es también la madre de todos los discípulos, a los que acompaña en su peregrinación por este mundo hasta la identificación plena con Cristo.

1. Elegida desde toda la eternidad

«Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva (Gál 4,4-5). Con estas palabras, que constituyen el texto mariano más antiguo del Nuevo Testamento, San Pablo explica el cumplimiento del plan divino de salvación; un plan concebido desde toda la eternidad, que abarca a todos los hombres y en el que María ocupa un lugar privilegiado. En efecto, si es verdad que Dios «nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor» (Ef 1,4), estas palabras se aplican de manera especial a la mujer destinada a ser madre del Autor de la salvación. Desde toda la eternidad Dios escogió a una hija de Israel para ser la madre de su Hijo.

2. Hija de Sión

«Al sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una joven prometida a un hombre llamado José, de la estirpe de David; el nombre de la joven era María» (Lc 1,26-27). En esta joven judía de Nazaret se cumplen todas las promesas de esa etapa preparatoria, prevista en el plan divino de salvación, que es el Antiguo Testamento. Así lo reconoce la propia Virgen cuando, al dar gracias a Dios por las maravillas que ha obrado en ella, afirma que, de este modo, Dios «auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su descendencia para siempre» (Lc 1,54-55). No es extraño, pues, que la misión de María la veamos anunciada y preparada a lo largo de toda la Antigua Alianza. Ya en los albores de la humanidad es insinuada proféticamente en la promesa dada a nuestros primeros padres caídos en el pecado (cf. Gén 3,15). Será también prefigurada en todas aquellas historias de mujeres en las que Dios muestra la fidelidad a su promesa escogiendo lo que se consideraba impotente y débil: Sara, Ana, Débora, Rut, Judit, Ester… En ella se reflejará la fe contra toda esperanza de Abraham y la fidelidad de David, sus antepasados. Ella será la verdadera «virgen que concebirá y dará a luz un hijo, cuyo nombre será Emmanuel» (Is 7,14). Y ella encarnará la humildad y la confianza de los «pobres de Yahvé», que todo lo esperaban de Dios. Por todo ello, María es la excelsa «hija de Sión» en la que, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación. En María culmina el Antiguo Testamento y comienza el Nuevo.

3. Llena de gracia

«Y entrando el ángel a donde ella estaba, le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Para ser la Madre del Salvador, María fue dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante. El Padre la ha bendecido «con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo» (Ef 1,3), más que a ninguna persona creada. Cuando el ángel Gabriel la llama «llena de gracia», como si este fuera su verdadero nombre, está manifestándole una predilección especial de Dios, que ha elevado su ser por la participación plena en la vida divina, convirtiéndola en «mujer nueva». Y como esta plenitud de vida divina es incompatible con el pecado, María fue preservada de la herencia del pecado original en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente.

Esta santidad singular que recibió desde el principio de su ser, le vino toda ella de Cristo. Ella fue redimida de la manera más sublime en atención a los méritos futuros de su Hijo. De modo que María recibió la vida sobrenatural de Aquel al que ella misma iba a dar la vida natural.

4. Madre de Dios

«El ángel le dijo: No temas, María, pues Dios te ha concedido su favor. Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo» (Lc 1,30-32). El que María concibe como hombre y se hace verdaderamente su hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Con ello Dios realiza la plenitud de su donación, ya que se da a sí mismo haciéndose uno de nosotros. El Verbo, que desde siempre estaba en Dios y era Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros (cf. Jn 1,1-14). Y esto sucedió en las entrañas de María, que vivió el privilegio misterioso y tremendo de «engendrar a quien la creó», como canta la Iglesia. Por eso, ya Isabel la saludó como «la Madre de mi Señor» (Lc 1,43), y la Iglesia confiesa que es verdaderamente «Madre de Dios».

La maternidad divina de María es el origen y la explicación de todos sus privilegios, y el fundamento de su misión única en la historia de la salvación. Para ser Madre de Dios, el Eterno la predestinó, la eligió y le concedió la plenitud de gracia. Por ser Madre de Dios, María es instrumento y cauce de la entrega de Dios a la humanidad, portadora de la salvación, Madre de los hombres, y especialmente de los creyentes.

5. Siempre Virgen

«María dijo al ángel: ¿Cómo será esto, si yo no conozco varón? El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios» (Lc 1,34-35). Jesús fue concebido sin intervención de varón, por obra del Espíritu Santo, como explicó también un ángel a José, con quien María estaba prometida: «Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Las palabras del ángel sugieren la explicación de esta obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humana: la concepción virginal de Jesús es el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra, y, además, por iniciativa absoluta de Dios. Por eso Jesús no tiene más Padre que a Dios: es Hijo de Dios en sus dos naturalezas, la divina y la humana. Con ello se anuncia también el nuevo nacimiento de los hijos de Dios por adopción, que somos nosotros. Nuestra participación en la vida divina tampoco nace «de la sangre, ni de deseo carnal, ni de deseo de hombre, sino de Dios» (Jn 1,13).

La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado también a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María: «Virgen antes del parto, en el parto y después del parto.» Esta virginidad perpetua es un signo de la fe de María, es decir, de su entrega total y exclusiva a Dios.

6. Modelo de fe

«Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor» (Lc 1,45). La plenitud de gracia, anunciada por el ángel, significa el don de Dios; la fe de María, proclamada en estas palabras de Isabel en la visitación, indica cómo ha respondido a este don la Virgen de Nazaret. Ya en el momento de la anunciación María responde a la palabra divina proclamada por el ángel con la entrega de todo su ser: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Por medio de la fe, María se confió a Dios sin reservas y se consagró totalmente a sí misma, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo. Esto fue como su bautismo.

Pero ese momento culminante de la anunciación no fue más que el inicio de todo un camino de fe, en el que María tuvo que ir reconociendo progresivamente con humildad «cuán insondables son los designios de Dios e inescrutables sus caminos» (Rom 11,13). Así, en el anuncio de Simeón (cf. Lc 2,34-35), en la persecución de Herodes (cf. Mt 2,13), en el exilio (cf. Mt 2,15) y en la pérdida del niño (cf. Lc 2,41-52), María aprende, meditando los acontecimientos en lo hondo de su corazón, que tendrá que vivir su obediencia de fe en el sufrimiento, al lado del Salvador que sufre, y que su misión será oscura y dolorosa. Y este abandono total en el Dios imprevisible culminará para ella al pie de la cruz, cuando tenga que acoger con fe el desconcertante misterio del total rebajamiento de Dios en la muerte de su Hijo. Aquí vivió de forma plena la verdad de su bautismo: la participación en la muerte de Cristo.

Esta fe de María, que la convirtió en Madre del Hijo, hizo también de ella la primera discípula de Jesús y el modelo viviente para la Iglesia y para todo cristiano. Como ella y con ella, todos los demás discípulos, incorporados por el bautismo al destino de Cristo, escuchamos con fe la palabra de Dios, la acogemos, la proclamamos y la testimoniamos, e interpretamos a su luz los acontecimientos de la vida, entregándonos con total confianza en manos de Aquel que, por caminos oscuros y muchas veces dolorosos, nos construye y conduce.

7. Madre de todos los hombres

«Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto quería, dijo a la madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya» (Jn 19,26-27). Esta escena emocionante nos descubre otra gran verdad sobre María: de su maternidad divina ha surgido su maternidad respecto a todos los hombres en el orden de la gracia. Ella, en efecto, colaboró de manera totalmente singular en la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres; y esta maternidad perdura hasta la plena realización de todos los escogidos, como nos enseña la misma palabra de Dios.

Ya en el primer episodio de la actividad pública de Jesús, las bodas de Caná, la vemos incorporada a la misión salvífica de Jesús abogando en favor de las necesidades y privaciones de los hombres, «No tienen vino» (Jn 2,3), e indicando las exigencias que deben cumplirse para que pueda manifestarse el poder de Jesús, «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Pero es al pie de la cruz, en el momento culminante de la salvación, donde María es entregada por Jesús como madre a todos y a cada uno de sus discípulos, y, en ellos, a todos los hombres, destinatarios de la entrega sacrificial de Jesús. Esta nueva maternidad de María es fruto del nuevo amor que maduró en ella junto a la cruz por medio de su participación en el amor redentor de su Hijo. Porque la misión maternal de María hacia los hombres no oscurece ni disminuye la única mediación de Cristo, sino que muestra su eficacia, como proclamó el Concilio Vaticano II: «Todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia» (Lumen gentium, 60). En otras palabras, es Cristo quien nos ama y nos salva a través de la solicitud maternal de María.

8. Aclamada por todas las generaciones

«Todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1,48). Esta predicción de la misma Virgen en el «Magníficat» se cumple efectivamente en el amor y la veneración con que el pueblo cristiano de todos los tiempos y latitudes ha honrado a María.

La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. Ciertamente, este culto se dirige fundamentalmente al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, reflejando así el mismo plan salvador de Dios. Pero, como María ocupa un puesto singular dentro de este plan salvador, el culto cristiano dedica también una atención singular a la Virgen María. Manifestación de este culto mariano son las numerosas fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios, las bellísimas oraciones con que la tradición se ha dirigido constantemente a ella, y las múltiples devociones con que el pueblo cristiano honra la presencia y protección de la que considera su Abogada.

La devoción a María es, ante todo, derivación del culto al único Mediador, Cristo, y, a su vez, es instrumento eficaz para incrementarlo. Este es el sentido de esa doble fórmula acuñada por una espiritualidad ya secular: «A Jesús por María y a María por Jesús»; expresión sencilla y admirable de la unidad inseparable de Madre e Hijo. Sólo desde María entendemos el misterio de Jesús, y sólo desde Jesús entendemos la importancia de María.

Por otra parte, el culto y devoción a María nos hace recordar constantemente la misión del Espíritu Santo, autor de la encarnación, de su santificación y de la nuestra. Francisco de Asís tuvo el atrevimiento sublime de llamar a María «Esposa del Espíritu Santo».

Y, por último, el amor a María contribuye a fortalecer en nosotros el amor a la Iglesia, ya que nos hace sentir más profundamente los lazos que nos unen a todos los creyentes y percibir la misión de la Iglesia en el mundo como continuación de la solicitud maternal de María. El Concilio Vaticano II la proclamó como «miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia», como «prototipo y modelo de la Iglesia» y como «Madre de la Iglesia». Es decir, lo que fue María en el hogar de Nazaret, lo sigue siendo en esta nueva familia universal que reúne a todos los hermanos de Jesús.

Capítulo anterior Capítulo siguiente

.