DIRECTORIO FRANCISCANO
Santa Clara de Asís

SANTA CLARA DE ASÍS (1194-1253)

por Fr. Justo Pérez de Urbel, o.s.b.

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Comencemos como Tomás de Celano: «Hubo en la ciudad de Asís una mujer maravillosa y llena de virtud, que se llamaba Clara. En esta ciudad había nacido también el señor San Francisco. Y la señora Santa Clara reinó con él en la tierra, y se fue a reinar con él perdurablemente. Su padre fue caballero, y todo su linaje paterno y materno pertenecía a la caballería. En su casa había abundancia de riquezas según la manera del país.» Cuando Francisco abandonó la casa de su padre (1206), Clara tenía once años. Siguió con admiración todo el proceso de aquel drama familiar, que se desarrollaba cerca de su casa, escuchó emocionada sus primeros discursos, y no podía apartar de su mente la imagen de aquel hombre extraño, que arrastraba en el torbellino de su amor a pobres y a ricos, a letrados e ignorantes, uniéndolos en un pensamiento de renovación. Deseando imitar un poco aquella vida, Clara leía las vidas de los Padres del yermo, mortificaba su cuerpo con cilicios y rezaba tantas oraciones, que tenía que servirse de piedrecillas para contarlas. Así fue creciendo en años y en hermosura, hasta que llegó el momento en que los galanes de Asís se fijaron en ella. No tenía más que quince abriles, cuando un joven caballero se presentó a pedir su mano. Además de hermosa, era noble, era rica, era hija del opulento conde de Sasso Rosso; nada tenía de extraño que la codiciasen tan pronto los pretendientes. Pero ella contestó enérgicamente que ya tenía esposo; que había consagrado a Dios su virginidad.

Esto era más de lo que podían soportar las costumbres feudales de entonces. Las conveniencias burguesas no solían ser muy respetuosas con las vocaciones a una perfección excesiva. Santo Domingo de Guzmán tuvo que experimentarlo en Bolonia. Atraída por su ideal religioso, la hija del podestá, una muchacha de veinte años, generosa y voluntariosa, amiga de galas y diversiones, abandonó repentinamente todas las vanidades, y, habiendo llegado un día de paseo a la puerta de un convento, pidió que la vistiesen el hábito. Ni las religiosas, ni las doncellas que la acompañaban se atrevieron a resistirla. Pero cuando los parientes y amigos de la familia se enteraron del caso, acudieron a la casa del podestá, y, unos a pie, otros a caballo, caminaron en son de guerra en busca de la fugitiva. El monasterio fue asaltado, las puertas quebrantadas, la clausura violada, y la joven arrancada a su retiro con tan pocos miramientos, que salió con una costilla rota. La lucha que sostuvo en Bolonia la Bienaventurada Diana, hubo de sostenerla casi al mismo tiempo Santa Clara en Asís. Viendo la oposición de sus padres, huyó de casa secretamente, y acercándose a San Francisco, le abrió su corazón. Francisco, por su parte, como dice la leyenda, deseaba arrebatar tan noble botín al siglo corrompido y enriquecer con él a su Señor. Aconsejóla que volviese a la casa paterna, y que aguardase la ocasión oportuna para poner en práctica sus deseos; pero lo que dijo Francisco del desprecio del mundo, de la penitencia santa, de la gloriosa pobreza, del deseo del reino celestial y de la desnudez y oprobio de la Pasión de Cristo, encendió de tal manera el corazón de la santa doncella, que ya no pudo reprimir aquel afán de una vida perfecta, y, de acuerdo con el Poverello, designó la noche del domingo de Ramos «para trocar los placeres del siglo por el duelo de los sufrimientos del Señor».

Vestida de su traje más vistoso, presentóse aquel día en la iglesia entre su madre y sus hermanas. En medio de las vírgenes de Asís, ninguna brilló con tanta belleza como la rubia Clara Scifi. Mientras el obispo Guido echaba su bendición sobre las palmas y los olivos, los jóvenes de la ciudad, más que en los brillantes de su mitra, se fijaban en la hija de los condes de Sasso Rosso. Sólo ella no se daba cuenta de nada. Cuando los fieles se acercaron a recibir el ramo bendito, Clara se quedó inmóvil en su sitio. La idea del paso que iba a dar teníala como paralizada. Unas horas más tarde tendría que abandonar a los suyos, sin ellos saberlo; la próxima velada sería la última que pasaría en el hogar de su infancia. La imagen de su padre iracundo, el dolor resignado de su madre, el llanto de sus hermanas, todos esos lazos dulces y fuertes que prenden impalpablemente en los que han crecido dentro de un mismo hogar, la desgarraban el corazón, «y porque era mujer, lloró entonces aquellas lágrimas que derrama la recién casada al apartarse del padre y de la madre». El obispo Guido, que tal vez lo sabía todo, tuvo compasión de la niña, y tomando una palma, atravesó la iglesia y se la llevó adonde ella estaba con la cabeza hundida entre las manos.

Al llegar la noche, cuando todos dormían en su casa, Clara abrió sigilosamente una puerta trasera, después de retirar unos brazados de leña que la obstruían, y, cruzando las calles silenciosas, llegó a la Porciúncula. Los discípulos de Francisco, que estaban aguardándola, salieron a su encuentro con antorchas, y la guiaron hasta el centro de la capilla, donde, arrodillada delante de la imagen de la Virgen, «dio al mundo el libelo de repudio por amor al Santísimo y Amadísimo Niño Jesús, envuelto en pobres pañales». Sus crenchas doradas cayeron al suelo bajo las tijeras de Francisco, y un negro velo cubrió su cabeza. En vez de los vestidos de seda, que aquel día habían sido la envidia de sus compañeras, recibió una grosera túnica de lana; en vez del ceñidor adornado de pedrerías, una áspera cuerda de nudos; en vez de los zapatos bordados, unas sandalias de madera. Y aquella misma noche, Clara Scifi, convertida en Sor Clara, siguiendo a San Francisco, entraba en un convento de benedictinas, donde se le había buscado provisional albergue. Al día siguiente empezó la lucha. Amigos y parientes de la conversa invadieron el monasterio. De los ruegos se pasó a las lisonjas, de las lisonjas a las amenazas, de las amenazas a las violencias. Asida al altar, Clara dejaba caer su velo y mostraba su cabeza rapada: «¿Adónde me vais a llevar de este modo? Aguardad, al menos, a que me crezca el pelo». A los pocos días, su hermana Inés, tocada de la misma locura divina, vino a juntarse con ella, cuando estaba ya prometida en matrimonio y señalada la fecha de las bodas. El dolor y la rabia del pobre padre ya no tuvieron limites. El monasterio fue asaltado de nuevo; hubo escenas brutales; patadas, golpes, puñetazos, jirones de vestiduras y mechones de cabellos derramados por el suelo. Al fin, el conde de Sasso Rosso, recordando lo sucedido unos años antes al comerciante Bernardone, creyó más prudente ceder.

Algo después, Clara y sus primeras compañeras se instalaban junto a la iglesia de San Damián, cedida por los camaldulenses de Monte Subioso. Allí es donde por espacio de cuarenta años, como dice su primer biógrafo, había de desgarrar a disciplinazos la alabastrina envoltura de su cuerpo, haciendo que la casa y la iglesia se llenasen con la fragancia de su alma. La historia de su vocación animó a otras muchas mujeres, en quienes dormitaba el anhelo de una vida superior, a romper los lazos del mundo y a vivir como ella en el pobre convento de San Damián. Todas eran admitidas, con tal que antes diesen todos sus bienes a los pobres, como se hacía en la Porciúncula. La comunidad no admitía ningún don, para seguir siendo «la torre fuerte de la insigne pobreza», como decía Clara con una imagen bélica, muy propia en los labios de la hija de un señor feudal. Lo mismo que los frailes, las monjas debían vivir pendientes de la Providencia divina; la limosna y el trabajo eran los dos grandes pilares de su regla. Clara daba el ejemplo en todo: servía a la mesa, cuidaba de las enfermas, y cuando llegaban al convento las Hermanas que habían estado ocupadas fuera de él pidiendo limosna o sirviendo en los hospitales, ella les lavaba los pies. De noche se levantaba y recorría los lechos de las demás, cubriendo a las que estaban en riesgo de enfriarse, encendiendo las lámparas, tocando a los oficios del amanecer. Después de las Completas, se quedaba todavía largo rato velando delante del Crucifijo que había hablado para consolar al hijo de Bernardone. Aun cuando estaba enferma, seguía bordando ornamentos de iglesia o haciendo corporales para las parroquias abandonadas. Su cama era un montón de cepas de vid; su comida, pan y agua, cuando no se pasaba días enteros sin acordarse de comer, absorbida en las dulzuras extáticas de la oración. Estuvo, una vez, tan penetrada de la significación del agua bendita como símbolo de la sangre de Jesús, que se pasó el día rociando con ella a las monjas y exhortándolas tiernamente a no olvidar aquella ola de salvación que mana de las llagas de Cristo. Y un Jueves Santo se sumió en tan profundo éxtasis, que tardó en despertar más de veinticuatro horas. «¿Por qué hay aquí luz encendida? –preguntó al recobrar los sentidos–. ¿No es aún de día?»

Su admiración por San Francisco era casi idolátrica. Él, que lo sabía, empezó a disminuir sus visitas a San Damián. «No quiero ser intermediario entre Cristo y nuestras hermanas», decía a los frailes, extrañados de su conducta. Un día consintió en ir a predicar, instado por la abadesa. Clara era muy amiga de pláticas y sermones. Cuando Gregorio IX prohibió a los franciscanos la predicación, ella despidió de su convento a los que predicaban y a los que desde que se estableció la clausura en San Damián (1219) iban de puerta en puerta pidiendo para las hermanas. «Si podemos carecer del pan espiritual –dijo–, también podremos privarnos del corporal». Y el papa vióse obligado a revocar su orden. Ahora Santa Clara estaba doblemente gozosa porque el predicador era su Padre y fundador. Después de entrar en la iglesia, Francisco estuvo largo tiempo con los ojos levantados al cielo, abismado en la oración. Luego pidió un puñado de ceniza, y trazando con ella un círculo en torno suyo, derramó el resto sobre su cabeza. Después rezó el Miserere y marchóse; dando a entender a las monjas que no debían ver en él más que a un simple pecador (cf. 2 Cel 207). Otro día Clara consiguió que Francisco la invitase a comer en Santa María de los Ángeles. «El patriarca –cuentan las Florecillas– hizo colocar los manjares sobre la tierra desnuda, según su costumbre. Llegada la hora de la comida, sentáronse juntos San Francisco y Santa Clara con un fraile y una monja. Y con la primera vianda, San Francisco comenzó a hablar de Dios de tan suave, alta y maravillosa manera, que, vertiéndose sobre ellos la abundancia de la gracia divina, todos cayeron en celestial arrobamiento. Y estando así extáticos, con los ojos y las manos levantados al cielo, las gentes de Asís y de Bettona y de las tierras comarcanas veían que Santa María de los Ángeles y todo el convento y el bosque que rodeaba al convento ardían con fuertes llamas, como si hubiese estallado un gran incendio. Por lo cual corrieron en tropel para extinguir el fuego. Pero, llegados al convento y no hallando nada que ardiese, penetraron en él y vieron a San Francisco y Santa Clara y sus compañeros, enajenados en la contemplación de Dios, sentados en torno al frugal alimento.»

De esta manera llevaba el santo hacia Dios a la más abnegada de sus discípulas. Ella, por su parte, sabía recibir las consolaciones lo mismo que las ausencias. Era un carácter fuerte, digno vástago de una antigua familia de guerreros. Cuando los soldados de Federico II sitiaron el convento de San Damián, ella, clavada en el lecho por una grave enfermedad, se hace llevar a la portería, y allí, levantando con sus manos de cera la custodia de plata y de marfil en que, bajo la especie de pan, se guardaba el Santísimo Sacramento, pone en fuga a los enemigos. Con más tesón aún defendió su derecho a observar la estricta pobreza. Movido de las mejores intenciones, Gregorio IX se empeñaba en que aceptase la posesión de rentas y tierras para asegurar la vida de la comunidad. «Santísimo Padre –respondió ella–, no es eso lo que hemos prometido». «Pero ¿no puedo yo desligaros de vuestra promesa?», replicó el pontífice. Mas ella le paró con aquella respuesta famosa, que parecía inspirada por el Espíritu Santo: «Desligadme, os ruego, de mis culpas; pero no de imitar a Nuestro Señor Jesucristo». Después de la muerte de San Francisco, Clara fue la más ardiente defensora de su ideal. Sobrevivióle muchos años, a pesar de su austeridad extremada. Cuando supo que estaba a punto de morir, manifestóle los deseos que tenía de verle por última vez. A lo cual contestó él con estas palabras: «Decid a sor Clara que no se entristezca. Aún me verá una vez más, antes de que vuelva al seno de la tierra». De allí a poco murió el patriarca; y entonces los vecinos de Asís tomaron su cuerpo y lo subieron a la ciudad, con himnos, cánticos y clamor de trompetas, entre ramos de oliva y hachones encendidos. Y en aquel amanecer otoñal, mientras las neblinas de color violeta convertían el llano en un mar de prodigio, al llegar a la colina de San Damián, dorada por el sol naciente, detúvose el fúnebre cortejo, y el cadáver fue llevado a la iglesia para que las monjas pudieran despedirse de su Padre. Y después que fue abierta la reja del comulgatorio por donde las siervas de Dios recibían la sagrada Hostia y escuchaban la palabra divina, levantaron los frailes en sus brazos aquel sagrado cuerpo, y lo tuvieron en alto ante la ventanilla tanto tiempo como dama Clara y las demás monjas lo desearon para su consuelo. Así dice el Espejo de Perfección.

Corrieron los años, y también a Clara le llegó el fin de la peregrinación. Fue en el estío de 1253. El papa Inocencio IV la visitó en el lecho de su muerte, y como ella, según costumbre, quisiera besarle uno de los pies, púsolo el pontífice sobre un escabel a fin de satisfacer su piadoso deseo. Pidióle luego su bendición con la indulgencia plenaria, y el papa contestó sollozando: «Quiera Dios, hija mía, que no necesite yo más que tú de la misericordia divina». La enfermedad se prolonga, y cuando la exhortan a la paciencia, ella responde: «Desde que por mediación de Francisco he aprendido a conocer los dones de mi Señor Jesucristo, no hay dolor que me cueste sufrir». De la Porciúncula vienen a verla sus amigos Ángel, León y Junípero. Fray Junípero le refiere su provisión de «noticias de Dios»; Fray León besa de rodillas el áspero saco en que descansaba la enferma; Fray Ángel trata de consolar a las monjas atribuladas. En medio de un silencio preñado de lágrimas, la agonizante murmura: «Ve sin miedo, que buen guía tienes para el camino. ¡Oh Señor!, ¡te alabo, te glorifico por haberme creado!» Una monja le dice: «¿Con quién hablas?» «Con mi alma bendita», responde ella. Y añade: «¿No ves al Rey de los cielos, hermana mía?» Todos se fijan en la moribunda, pero Clara ya no los ve a ellos. Obstinadamente clava sus ojos en la puerta, que se abre para dar paso a una procesión de vírgenes adornadas de blancas vestiduras y bandas de oro en torno a los lucientes cabellos. La más alta, la más bella de todas, la que lleva en la frente una regia corona, avanza hasta el lecho, se inclina sobre la moribunda, la abraza y la esconde entre sus velos de luz. Así, en los brazos de María, subió Clara a la región de las eternas claridades.

Justo Pérez de Urbel, O.S.B., Santa Clara, en Idem, Año cristiano, Tomo III, Madrid, Ediciones FAX, 1940, 2ª ed., pp. 285-291.

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