DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

PEQUEÑA ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

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DÍAZ DE BEDOYA, Manuel M.ª de Sanlúcar (1781-1851). Capuchino, predicador popular, obispo. Nació en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) el 9 de febrero de 1781. Siendo estudiante de medicina, vistió el hábito capuchino en la Provincia de Andalucía el año 1801. Fue insigne predicador de misiones populares en los años en torno a la guerra de la Independencia, así en España como en Cuba, Méjico y Puerto Rico. Se le confiaron diversos oficios como misionero apostólico de la Orden de Capuchinos, examinador sinodal de Sevilla, Granada y Cuba, y de varios obispados de España e Indias. El 4 de abril de 1825 fue nombrado por León XII obispo titular de Cydonia y auxiliar del también capuchino padre Vélez, arzobispo de Santiago de Compostela. Debido a su entereza apostólica, fue arrestado por orden del Gobierno en 1835 y durante nueve años sufrió cárcel y destierro. Pudo volver en 1844 triunfalmente a su puesto junto al arzobispo. Murió en Santiago de Compostela el 26 de diciembre de 1851.

Fr. Manuel M.ª de Sanlúcar Díaz de Bedoya publicó algunas obras ascéticas y piadosas, entre ellas: Nuevo Marial, 4 vols., Santiago 1831. Nueva Josefina, 2 vols., Santiago 1830-31, donde canta las grandezas del Patriarca San José. Dulcísimo nombre de Jesús, Santiago 1831. Y varias novenas. [Cf. L. Iriarte, en DHEE].


DÍAZ DE SAN BUENAVENTURA, Francisco (1652-1728). Franciscano, hombre dinámico y autor prolífico, mediador en gestiones religiosas y políticas. Nació de familia humilde el año 1652 en una parroquia de la provincia de Lugo administrada por la diócesis de Astorga. Vistió el hábito de san Francisco en la Provincia de Santiago hacia el año 1670, y recibió la ordenación sacerdotal en 1676. Fue profesor de filosofía y teología en varias casas de estudios de su Provincia, al tiempo que ejerció de predicador apostólico, examinador sinodal del arzobispado de Santiago y calificador de la Inquisición.

En junio de 1684, por orden de Carlos II y en calidad de teólogo regio para defender la Mística Ciudad de Dios de la Madre Ágreda, pasó a Roma, donde permaneció ya el resto de su vida. Dentro de la Orden fue profesor de Teología en el convento de Araceli hasta su jubilación, vicecomisario, comisario general en la Curia romana y definidor general. Desde estos cargos y en virtud de otras comisiones particulares, desplegó una inmensa actividad en favor de la Orden, no siempre en un clima pacífico; organizó los famosos colegios-seminarios de misiones en España y América redactando sus estatutos y obteniendo la aprobación de Inocencio XI; consiguió las primeras indulgencias en favor del Vía Crucis; defendió la unidad de la Orden contra los conatos secesionistas de las provincias francesas bajo Luis XIV; promovió la idea de colegios en que formar misioneros para Tierra Santa; emprendió, y en parte realizó, una amplia reforma de los libros litúrgicos de la Orden.

Fr. Francisco Díaz de San Buenaventura, teólogo del rey Carlos II y del emperador Leopoldo I, apoyó eficazmente las gestiones de la Casa de Austria en Roma. En la Curia romana, fue calificador del Santo Oficio y consultor de varias Congregaciones. Obtuvo de Alejandro VIII que condenara las famosas 31 proposiciones jansenistas (1690), y de Inocencio XII que se extendiera a toda la Iglesia la festividad de la Inmaculada Concepción (1693). Clemente XI, para defenderlo de los posibles ultrajes de los representantes en Roma de Felipe V, cuyos derechos a la sucesión en la monarquía española impugnó tenazmente, lo hizo recluir en Castel Sant'Angelo, donde permaneció dos años (1701-1703). Vuelto a su convento de Araceli, continuó sus tareas en favor de la Orden y de la Casa de Austria, hasta su muerte el 8 de octubre de 1728.

Obras: Primera parte del Espejo Seráfico, Santiago 1683, para los terciarios franciscanos. Estatutos para los Colegios-Seminarios de Misiones, Roma 1686. Directorium Trium Ordinum S. P. N. Francisci, Roma 1688. Breviarium Romanum..., Roma 1697. De imitatione Mariae, Roma 1700. Relatio Missionum Occidentalium, Roma 1700. Lucerna Hierosolymitana ardens, Roma 1717-19. Fructus Arboris Seraphici, Roma 1723. Bullarium peculiare Terrae Sanctae, Roma 1727. Tiene otras obras publicadas o todavía inéditas. [I. Vázquez, en DHEE].


DOCE APÓSTOLES DE MÉXICO, Los (1524). Cuando Hernán Cortés se disponía para su expedición hondureña, después de desembarcar en Ulúa el 13 ó 14 de mayo de 1524, llegó a México el 17 ó 18 de junio del mismo año la primera nutrida misión de doce franciscanos de la Observancia, hecho histórico de notable relieve, pues con ellos comenzó en Nueva España la evangelización ordenada y metódica. Una corazonada del Ministro General de la Orden franciscana, Francisco de Quiñones, asumida por el mismo Romano Pontífice, en 1524, le impulsó a enviar a Indias «un prelado con doce compañeros, porque éste fue el número que Cristo tomó de su compañía para hacer la conversión del mundo».

La prelacía recayó sobre la rica personalidad de fray Martín de Valencia, místico de altos vuelos, extraordinario penitente y a cuya intercesión se atribuyen varios milagros. Le acompañaban fray Francisco de Soto, emotiva encarnación de la pobreza franciscana de puro cuño evangélico; el extático fray Martín de Jesús o de la Coruña; el aguerrido apóstol fray Juan Suárez (o Juárez), que, junto con fray Juan de Palos, hermano laico, sacrificó su vida en la heroica empresa de cristianizar la Florida; fray Antonio de Ciudad Rodrigo, que se distinguió como hábil gobernante y celoso defensor de los derechos de los indígenas; el piadoso fray Toribio de Benavente o Motolinía, fino observador de la naturaleza y de las costumbres de los nativos e infatigable escritor; fray García de Cisneros, primer Provincial de la recién creada Provincia; fray Luis de Fuensalida, entusiasta aspirante al martirio y que renunció a la mitra de Michoacán; fray Juan de Ribas, defensor a ultranza del mantenimiento del espíritu de la reforma religiosa; fray Francisco Jiménez, que recibió ya en Nueva España la ordenación sacerdotal, varón de intensa vida espiritual y a la vez hábil canonista, y, por último, fray Andrés de Córdoba, hermano laico, que en su sencilla y candorosa espiritualidad irradió una enorme influencia en el país.

Fieles a la consigna de no claudicar jamás de la pobreza franciscana, al desembarcar después de la larga travesía recorrieron a pie y descalzos las sesenta leguas que separan el puerto de Veracruz de la ciudad de México. Hernán Cortés los recibió con muestras de veneración y los agasajó solemnemente. Los franciscanos fueron un aldabonazo para los españoles y un descubrimiento para los indios. El contraste resultaba llamativo. Les seguían y les rodeaban los indios sin parar, hablando en el idioma local, del que los piadosos hijos de San Francisco no sacaban en limpio más que una constante repetición de la palabra motolínea. La machacona insistencia de los nativos les picó la curiosidad y preguntaron qué significaba aquel vocablo. Les contestaron que quería decir pobre o pobres. El impetuoso fray Toribio de Benavente, llevado de su entusiasmo, hizo de aquella palabra india su propio apellido. Una vez asentados en la región, pidieron a los caciques y principales que les enviasen sus hijos para educarlos en la fe cristiana. No les resultó fácil convencer a los respectivos progenitores, pero no se desalentaron, y los colegios franciscanos resultaron una institución de primer rango en el México cristiano. Además, se convencieron pronto de que era necesario dominar el idioma de los nativos y llegaron a ser maestros en un menester tan humanista. Celebraron un Capítulo franciscano y dividieron la extensa región en cuatro provincias, que fueron la base de la definitiva organización franciscana en tierras mexicanas.- [Cf. L. Galmés, BAC maior 37].

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