DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

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ECHEVERRÍA RUIZ, Bernardino (1912-2000). Franciscano, obispo de Ambato y arzobispo de Guayaquil (Ecuador). El cardenal Bernardino Echeverría Ruiz nació en Cotacachi (Imbabura, Ecuador) el 12-XI-1912. En 1924 ingresó en el colegio franciscano de Quito y el 11-IX-1928 comenzó el noviciado. Ya de joven descolló en los estudios y dio muestras de su don de escritor y poeta. Recibió la ordenación sacerdotal el 4-VII-1937. Aquel mismo año lo enviaron a Roma para estudiar filosofía en el Antonianum; sacó el doctorado con una tesis sobre El problema del alma humana en la Edad Media, traducida del latín al español y editada en 1941 en Buenos Aires. A su regreso al Ecuador, se dedicó a la enseñanza de la filosofía, a tareas sacerdotales y sociales. Elegido Provincial de la Orden franciscana, intensificó sus actividades en bien del pueblo. Fundó la obra Comunión de los Enfermos, la editorial "Fray Jodoko Ricke", la revista "Paz y Bien". Fue secretario del Instituto Ecuatoriano de los Estudios de la Amazonía, y miembro de la Academia Internacional de Historia Franciscana de Washington. En 1941, con motivo de la invasión peruana, se interesó por los problemas del oriente ecuatoriano y publicó Los Franciscanos en la región Amazónica.

En octubre de 1949 fue nombrado obispo de Ambato, diócesis que había sido erigida un año antes y que había sufrido un terrible terremoto en agosto del mismo 1949. Se entregó con entusiasmo a la construcción y reconstrucción de los edificios: catedral, casa episcopal, iglesias y casas parroquiales, seminario, etc., y a la organización de la nueva diócesis. El gobierno lo nombró presidente de la Junta de Reconstrucción del Tungurahua, y en este cargo demostró su gran dinamismo, altruismo y patriotismo. Por otra parte, fue secretario de la Conferencia Episcopal. Participó en las sesiones del Concilio Vaticano II. El 10-X-1969 el papa lo eligió arzobispo de Guayaquil. En su nueva responsabilidad impulsó las construcciones que necesitaba la actividad pastoral, así como muchas obras sociales y educativas, pero su tarea más importante fue la organización de la archidiócesis, y cabe destacar la inauguración de los seminarios mayor y menor con sus respectivos grupos de educadores, etc. Al mismo tiempo, Mons. Echeverría estuvo al frente de grandes movimientos en defensa de la fe y en la promoción social. Su presencia en los medios de comunicación social fue muy importante. En 1989, retirado de su archidiócesis por su edad, la Santa Sede lo nombró administrador apostólico de la sede vacante de Ibarra, en la que permaneció hasta 1995. Juan Pablo II lo creó cardenal en 1994. Murió en Quito el 6 de abril de 2000. [Cf. Acta OFM, 2000, 128-130; L'Oss Rom 8-IV-2000].


ESCUELA FRANCISCANA DE BOLONIA (s. XIII). Bolonia, ciudad italiana universitaria por excelencia, contaba unos diez mil estudiantes de Artes liberales y Derecho romano, cuando aparecieron en ella los Frailes Menores con Bernardo de Quintavalle, hacia 1211. En 1213, un profesor de la Universidad, Nicolás de Pepoli, les procuró habitación, que pronto resultó insuficiente, y entonces otro profesor, Accursio el Grande, el jurista más célebre de su época, les cedió una quinta, que poseía cerca de la ciudad. El Provincial, Pedro o Juan de Stachia, igualmente jurista, se apresuró a aceptarla. Debió de ocurrir esto durante la permanencia de san Francisco en Oriente. A su vuelta (1220), pasó por Bolonia. Supo que sus hijos poseían allí una casa, y no pudiendo ocultar su descontento, les ordenó salir al momento a todos sin excepción. Allí se encontraba enfermo Tomás de Celano; él es quien nos ha conservado el recuerdo de este suceso, y nos cuenta cómo el Santo no permitió a sus frailes volver a esta casa hasta que el Cardenal Hugolino declaró públicamente ser de su propiedad (2 Cel 58).

Según el testimonio de Tomás de Spalato, Francisco volvió a Bolonia en 1222. Su paso produjo impresión tan grande en el ambiente universitario, que numerosos estudiantes solicitaron el honor de ser admitidos en su Orden. ¿No sería en esta ocasión cuando se rogó al Santo que tuviese a bien que Fray Antonio explicase a los frailes la teología? Bien se puede presumir y sin gran temeridad. Recuérdense las condiciones en que Francisco concedió el permiso solicitado. San Antonio puede, pues, ser considerado como el primer Lector, es decir, como el primer profesor de ciencia sagrada entre los franciscanos. Empero, esto es verdad tan sólo en el sentido amplio de la palabra. Las lecciones que dio en el convento de Bolonia, y después en los de Toulouse y Montpellier con ocasión de morar en estas dos ciudades universitarias de Francia, no constituían una enseñanza teológica regular; pero era al menos el primer paso hacia una organización de estudios que pronto sería realidad feliz en Bolonia.

Era preciso dar a la juventud estudiosa que llenaba el convento un alimento adecuado, y una enseñanza teológica sólida. La que inauguró San Antonio fue ciertamente continuada, aunque no se conozcan los nombres de sus inmediatos continuadores. Y lo fue con éxito, pues en 1236, Gregorio IX interesó la caridad de los fieles para la construcción de un convento más espacioso, capaz de albergar una Escuela de Teología en que se formasen Lectores para los principales conventos de la Provincia. A una con el de Bolonia, estos conventos llegaron a ser centros de estudios, cuyos cursos no estaban reservados a sólo los Frailes Menores. Dada la reputación científica de sus Maestros, el Papa Inocencio IV, en 1249, concedió a los clérigos seculares que acudían a sus cátedras un privilegio idéntico al que disfrutaban los estudiantes de la Universidad de París: el derecho de percibir rentas de sus prebendas y beneficios eclesiásticos durante los cinco años que duraban sus estudios.

En la Universidad de Bolonia no se enseñaba la Teología, y por ello la escuela de los Menores no estaba agregada a ella, ni poseía el derecho de conferir grados. Los Frailes Menores, en Italia, y lo mismo debe decirse de los Frailes Predicadores, para conservar dentro y fuera el buen nombre de sus estudios, se vieron precisados a enviar a alguna facultad de Teología los religiosos destinados a la enseñanza. De ordinario iban a París. [Gratien de París].


ESCUELA FRANCISCANA DE OXFORD (s. XIII). La fundación de la escuela de Frailes Menores de Oxford parece haber precedido en dos años a la de París. Los Frailes entraron en la gran ciudad universitaria de Inglaterra en 1224. En seguida, lo mismo que en Bolonia y en París, se ganaron las simpatías de maestros y estudiantes, que les proporcionaron al momento una falange de aspirantes igualmente entusiastas por la práctica de la pobreza y el cultivo de la ciencia. Día tras día, con los pies desnudos, aun en tiempo de nieve y de barro, acudían alegres y animosos a las escuelas de teología, aunque muy distantes de su morada, hasta que el Canciller de la Universidad, el célebre Roberto Grosseteste, de celo y piedad iguales a su saber, impresionado de su entusiasmo por el estudio, abrió cursos públicos en el convento que hacia 1229 hizo construir Fray Ángel de Pisa, Provincial de Inglaterra. Automáticamente, la escuela de los Menores vino a ser el centro de la Facultad de Teología de Oxford. Cuando Grosseteste fue nombrado obispo de Lincoln (1235), tres maestros seculares, formados por él, continuaron sus enseñanzas durante diez años. Después la dirección de este Studium general pasó a manos de doctores de la Orden, siendo los dos más célebres Adán de Marsch (1245) y Tomás de York (1235). [Gratien de París].

La llegada de los franciscanos o fratres minores a Oxford en el tercer decenio del siglo XIII impulsó un movimiento filosófico-teológico que tuvo un cierto carácter unitario, no sólo en el contenido de las enseñanzas, sino también, y muy particularmente, en su estilo. El uso abundante de nuevos materiales filosóficos, tales como tratados árabes, traducciones recientes de Aristóteles y obras neo-platónicas poco o nada usadas en los siglos anteriores, fue, aunque no la única, una de las principales características de tal enseñanza. Y ello hasta tal punto que, según algunos autores, como D. E. Sharp (cf. Franciscan Philosophy at Oxford in the XIII Century, 1930, pág. 3), la introducción de Aristóteles en Occidente y de sus comentaristas árabes y judíos se debe principalmente, contra la opinión de Mandonnet y otros, no a san Alberto Magno y a la «obra exclusiva de los predicadores», sino a los franciscanos de Oxford. A ellos pertenecen sobre todo, además de Roger Bacon y Duns Escoto, Tomás de York, Juan Peckham y Ricardo de Middleton o de Mediavilla. La influencia ejercida sobre ellos, especialmente sobre Adán de Marsh y Roger Bacon, por Roberto Grosseteste -quien influyó asimismo sobre la Orden dominicana e indirectamente sobre san Alberto Magno y santo Tomás-, hace que R. Grosseteste pueda ser incluido dentro de un general «movimiento de Oxford» en dicho siglo. [J. Ferrater Mora].


ESCUELA FRANCISCANA DE PARÍS (s. XIII). Antes de los diez años de su llegada a Saint-Denis (1219), los Franciscanos rivalizaban con los Dominicos en influencia en la Universidad de París. Éstos se habían instalado de primera intención en pleno centro de la ciudad (1218). Saint-Denis, por el contrario, se hallaba lejos de la barriada de las escuelas. Pero los Menores iban frecuentemente a París a visitar a los pobres, enfermos y encarcelados. Además la feria del Lendit se celebraba cada año a la sombra de la vieja abadía benedictina. Los estudiantes hacían allí sus compras de pergamino, y encontraban así ocasión de entrar en contacto más íntimo con los hijos de San Francisco. La vida pobre y edificante de éstos, y la elocuencia de Gregorio de Nápoles, Ministro Provincial, ejercían sobre maestros y discípulos una atracción poderosa, que se patentizó (1225) en la toma de hábito de cuatro Doctores, siendo el más conocido de ellos, Haimón de Faversham. Haimón, que hasta su muerte (1244) representará tan importante papel en la Orden, fue poco después, con Simón de Sandwyz, a agregarse a los Frailes que se habían ya multiplicado en Inglaterra. Los otros dos Doctores quedaron probablemente en Saint-Denis. Quizás diesen lecciones a los religiosos.

En todo caso, no hubo allí verdadera escuela de Teología regularmente constituida e incorporada a la Universidad, y por tanto pública, hasta 1231, cuando uno de los Maestros regentes más afamados, Alejandro de Halés, vistió el hábito franciscano. En esta época, y poderosamente protegidos por Guillermo de Auvernia y por Gregorio IX, vinieron los Menores a instalarse en tierras de la abadía de Saint-Germain de Près, muy cerca del barrio universitario. Alejandro de Halés organizó esta escuela, que su renombre colocó en el primer plano de la Universidad, haciendo del convento de los Cordeliers (Franciscanos) de París el centro intelectual más importante de toda la Orden. Le sucedió Juan de la Rochelle, discípulo del mismo Alejandro. En la primera mitad del siglo XIII, Eudón Rigaud, más tarde Arzobispo de Rouen, Guillermo de Melton, y finalmente San Buenaventura fueron las lumbreras de la cátedra de que los Franciscanos eran titulares en la Universidad de París. Cada Provincia de la Orden podía enviar gratuitamente al studium de París dos estudiantes, con el único cuidado de proveerles de los libros necesarios. Estos jóvenes religiosos debían tener tales cualidades físicas, intelectuales y morales, que dieran fundadas esperanzas de éxito; por eso antes de pasar a París debían haber estado dos o tres años en el studium particular de su propia Provincia, o en el de alguna Provincia limítrofe. Había también en el Gran Convento, estudiantes de favor, studentes de gratia, cuyo sostenimiento personal se aseguraban ellos mismos o bien su convento.

De estos tres grandes focos científicos, o Studia generalia: Bolonia, París y Oxford, el celo por el estudio se extendió después de 1240 a todas las Provincias franciscanas. El colegio del Gran Convento de París, como el de Oxford, podía conferir grados universitarios a quienes hubieran seguido el ciclo completo de estudios, y sufrido las pruebas reglamentarias. Éstos volvían a sus Provincias con el título de Lectores, que les capacitaba para enseñar en las escuelas de cada Provincia, llamadas Studia particularia. Los demás conventos eran provistos de Lectores por los Provinciales. Los Studia particularia se multiplicaron rápidamente. No había, por decirlo así, convento alguno de cierta importancia que no lo tuviese. [Gratien de París].


ESPARZA MATEU, Luis (1744-1825). Franciscano, misionero en Tierra Santa. El P. Luis Esparza Mateu nació en Beniganim, provincia de Valencia (España), el 2-I-1744. Cursó los estudios eclesiásticos en la Universidad de Valencia, donde obtuvo el doctorado en filosofía y teología. Ya sacerdote, consiguió por oposición un beneficio en su parroquia natal, donde ejerció ejemplarmente el ministerio sacerdotal. A los 52 años de edad, siguiendo los divinos impulsos, el 15-V-1796, vistió el hábito franciscano en el convento de los descalzos de Orito, pedanía de Monforte del Cid (Alicante), donde a los seis meses de noviciado, con dispensa pontificia, el 20-XI-1796, hizo su profesión religiosa. Residiendo en el convento de Beniganim dirigió los trabajos de construcción de las artísticas capillas del Viacrucis que jalonaban la subida desde el pueblo al convento.

Deseaba ardientemente vivir en los lugares de Tierra Santa, y allí fue destinado por sus superiores. El 2-I-1802 embarcó hacia Palestina, donde desempeñó los cargos de superior de Belén (1803), presidente del Santo Sepulcro (1806) y superior de Nazaret (1812 y 1821). Su delicia era estar al servicio del santuario del Nacimiento del Niño-Dios en Belén. En unos momentos críticos producidos por la agresividad de los turcos, lo invitaron a él y a otros religiosos a que lo abandonase y regresase a España, a lo que se negó diciendo: «Yo, por mi parte, me considero feliz en esta cavidad» (la Santa Gruta). Lleno de méritos falleció en Nazaret el 31-VIII-1825. Como sacerdote y como religioso fue un modelo de virtudes cristianas. A su muerte los católicos, los cismáticos griegos, los armenios y hasta los mismos turcos, movidos por la fama de sus virtudes, se disputaban poder tomar un pedazo de su hábito o algunos pelos de su barba. Fue sepultado en el mismo convento de Nazaret. Su fama de santidad hizo que el superior general de la Orden franciscana dispusiera que se hiciese una información jurada de sus virtudes y milagros, cuyo proceso original fue enviado a la postulación de la Orden en Roma, quedando una copia en Jerusalén.

Publicó varias obras de espiritualidad y divulgación religiosa, algunas impresas y entre ellas: Septenario en honor de María Sma., Murcia, s.a.; Siete semanas de meditaciones (2 t), Valencia 1789 y 1790; Entrega del corazón a Dios, Murcia 1794; etc. Y otras quedaron inéditas: Año cristiano de meditaciones; Defensio Ecclesiae Catholicae; Historia de la Iglesia; etc. [Conrado Ángel y A. Llin].


«ESPIRITUALES». Son los seguidores del movimiento por una más integral, celosa, rígida y espiritual observancia de la Regla y del Testamento de san Francisco. En las fuentes medievales se llaman también fratres zelantes, fratres pauperes, pauperes eremitae... Surgieron poco después de la muerte de san Buenaventura (†1274) y fueron condenados en 1318 por Juan XXII. Después de la condena tuvieron suertes diversas: unos se sometieron, otros formaron una nueva fundación que tuvo por jefe a Ángel Clareno, y otros se pasaron a los rebeldes fraticelli. Hasta 1318 los tres focos de los espirituales fueron las Marcas y Toscana en Italia, Provenza en Francia y el reino de Aragón en España.

Ideas características. Ante todo, el joaquinismo, es decir, la adhesión a las ideas de Joaquín de Fiore (†1202). Luego, la insistencia en una observancia rígida de las voluntades y del ejemplo de san Francisco, especialmente en lo que se refiere a la pobreza. Rechazaban toda interpretación pontificia de la Regla, llegando a negar la competencia papal a este respecto. Además, había una aversión hacia los estudios, debida a su convicción de que comprometían los primitivos ideales de san Francisco. Finalmente, la tendencia a la vida más retirada, contemplativa y eremítica, posponiendo así las exigencias de apostolado.

Origen y desarrollo hasta la condena. Hay quienes creen que hubo antecesores de los espirituales incluso entre los compañeros de san Francisco, destacando a fray León (†1271). Pero antes de la muerte de san Buenaventura no es posible hablar del movimiento espiritualista en sentido amplio y marcado. Sus famosos jefes -Ángel Clareno, Ubertino de Casale y Pedro Juan Olivi- fueron favorecidos por Celestino V, que les concedió cierta autonomía. Pero Bonifacio VIII les lanzó excomuniones. Durante el pontificado de Clemente V (†1314) los espirituales de Provenza se convirtieron en los primeros acusadores de la comunidad de la Orden, exagerando y manipulando relatos de la primitiva historia franciscana, interpretando tendenciosamente algunas ideas de san Francisco, de Juan de Parma, de Hugo de Digne y del mismo Olivi. En 1310 Clemente V se decidió a realizar una investigación en la Orden franciscana. Mientras tanto salieron panfletos de acusación y de defensa por ambas partes. Incluso el concilio de Vienne de 1311-1312 se ocupó de estas cuestiones. La declaración papal de la Regla franciscana, Exivi de Paradiso, no serenó a todos. Juan XXII, a partir de 1316, intentó conducir a los espirituales a la obediencia. Al encontrar graves resistencias, el Papa publicó la constitución Quorumdam exigit (7-X-1317), en la que declaró que los superiores de la Orden son quienes han de juzgar las necesidades materiales de los súbditos y reafirmó la necesidad de la obediencia, y poco después la bula Gloriosam Ecclesiam (23-I-1318), con la que los espirituales desobedientes y contumaces fueron definitivamente condenados.

A los espirituales hay que reconocerles su celo por la observancia, la pobreza, la austeridad de vida, y su buena fe. Pero les cegó su rigidez y hasta fanatismo, que les llevó a oponerse a la autoridad pontificia y a la obediencia, a ofender a la caridad y a usar a veces razones no del todo veraces. [Cf. A. Matanic, en Dicc. de Espiritualidad, Herder].


ESTELLA, Diego de (1524-1578). Franciscano, predicador incansable y maestro de predicadores, autor de obras teológicas y espirituales que ejercieron gran influencia. Diego de San Cristóbal, más conocido como Diego de Estella, nació en Estella (Navarra) el año 1524, de familia noble. Estudió en Toulouse (Francia) y en Salamanca, en cuyo convento de San Francisco, perteneciente a la Provincia de Santiago, tomó el hábito franciscano. A principios de 1552 marchó a Portugal en la comitiva de la infanta Dña. Juana, como predicador, y regresó a España dos años después. A partir de 1560 ó 1561 residió en Madrid como predicador de la corte de Felipe II. De 1565 a 1567 se vio envuelto en un proceso dentro de la Orden a causa de sus acusaciones contra el también franciscano P. Fresneda, obispo de Cuenca y confesor del rey. El P. Estella fue obligado a retirarse al convento de Salamanca. Desde allí, llevado de su carácter impetuoso, envió a Roma nuevas acusaciones falseando firmas; descubierto el fraude, fue procesado y condenado a recluirse en el convento de Toro. En el proceso el P. Estella pidió humildemente perdón a quienes había ofendido. Rehabilitado, en 1573 volvió a Salamanca y desarrolló una gran actividad apostólica y literaria. En los años 1575 y 1578 fue procesado por la Inquisición de Sevilla que decomisó sus Enarrationes. Murió en Salamanca el 1 de agosto de 1578.

Durante su estancia en Portugal escribió una Vida de San Juan Evangelista (Lisboa 1554), y en 1576 publicó en Salamanca un tratado de oratoria, el Modus concionandi, al que van anejas unas predicaciones cuaresmales (Explanatio in Psal. 136). Las Enarrationes sobre el Evangelio de san Lucas (Salamanca 1574-75, y Alcalá 1577-78), donde se encuentran expresiones imprecisas, le causaron un largo pleito con la Inquisición. Pero las obras que le ganaron fama universal, con muchas traducciones (incluso al árabe) e incontables ediciones, y que contienen el núcleo de su doctrina espiritual, son el Libro de la Vanidad del mundo (Toledo 1562; refundido y ampliado, Salamanca 1574) y las Meditaciones devotísimas del amor de Dios (Salamanca 1576), la primera más austera y ascética, la segunda más afectiva y mística. El P. Estella no elaboró un sistema acabado de pensamiento. Dentro de la corriente ascética cristiana, se sitúa en el marco del pensamiento espiritual franciscano: simplicidad, voluntarismo afectivo, espíritu renovador, tierna devoción al Verbo encarnado y a su Madre, teología del bien y de la caridad, etc. Sus escritos ponen de manifiesto la buena formación teológica y humanista del P. Estella, así como su vasta cultura y su conocimiento de la lengua castellana.


ESTEVE PUIG, Pedro (1582-1658). El P. Pedro Esteve nació en Denia (Alicante, España) el 19-X-1582. Vistió el hábito franciscano en el convento de Santa María de Jesús, de Valencia, en 1600. Después de cursar los estudios eclesiásticos en los conventos de Valencia, Alzira y Oliva, se dedicó durante algún tiempo a la oración y al estudio de la Biblia y de los Santos Padres en una cueva del convento de Chelva. Varón de singular virtud, muy penitente, de alta oración y de profundos conocimientos filosóficos y teológicos, fue nombrado por Pablo V predicador apostólico del Reino de Valencia, cargo al que juntó poco después, en 1614, el de comisario de los Santos Lugares de Tierra Santa.

El estilo de su predicación era llano y acomodado a la capacidad del pueblo sencillo, salpicado de expresiones populares, pero su energía era eficaz, su reprensión ardiente, su persuasión fervorosa, sus razones penetrantes, sus avisos sólidos y prudentes, las moralidades ajustadas, los Santos Padres expuestos con gusto, y la Sagrada Escritura presentada con símiles y parábolas. En sus largas correrías apostólicas iba siempre descalzo, dormía a la intemperie y vivía siempre con la alegría que da la entrega total a Cristo. Enamorado de los pobres, su delicia era visitar el barrio pobre de Quart en Valencia. Allí auxiliaba a indigentes, enfermos, viudas y abandonados.

En la peste que en 1633 asoló al pueblo de Denia se prodigó en la atención a los apestados. Promovió la procesión de la Santísima Sangre por las calles de Denia, y el pan bendecido que repartió a los enfermos curó a muchos. En otra oportunidad Denia estaba amenazada por los piratas argelinos. El padre Pedro Esteve convocó a todo el pueblo y reconstruyó 30 metros del muro del castillo para que fuera inexpugnable fortaleza y defensa contra las incursiones de los piratas.

Gustaba «esconderse» con frecuencia en las grutas del monte Montgó, frente a Denia, para llevar vida eremítica y consagrarse a la oración y el silencio. Fundó en la ladera sur del mismo monte el convento de Jesús Pobre, que originó el caserío de su alrededor. El Señor le favoreció con el don de milagros y profecías. Rehusó un obispado en Galicia, que le ofreció el rey Felipe IV.

Murió el 3 de noviembre de 1658 en el convento de San Francisco, de Valencia, en el que lo enterraron envuelto en olor de santidad. En 1839 su cuerpo, hallado incorrupto, fue trasladado a Denia, su ciudad natal, y enterrado con gran solemnidad en la parroquia de la Asunción. Está en curso el proceso de su beatificación.

Escribió varias obritas en prosa y en verso, en castellano o en valenciano. De él escribieron: Chabás, Mercader, Rico, etc. E. Oltra, El «Pare Pere» de Denia, Valencia 1988, 1997 y 2010. [Cf. A. Llin, Modelos de vida cristiana, p. 107s].


EXIMENIS (o Eiximenis), Francisco (1330?-1409). Franciscano, escritor, personaje destacado en la vida política y eclesiástica de su tiempo.

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